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Grupos anarquistas tenían por costumbre, en función de su grado de camadería, ponerse nombres colectivos para reconocerse. En la Torrasa, uno de los barrios más miserables de Hospitalet, allá por los años 30, los anarquistas se autodenominaban “los Piojosos”. Este fue uno de los grupos más sanguinarios en la represión de la retaguardia catalana. No es por disculpar, pero su odio a la burguesía –catalanista y españolista- era comprensible. Vivían prácticamente en un vertedero donde no llegaba agua ni alcantarillado; donde muchos niños morían por falta de cuidados y donde la alfabetización era una mera quimera. Admira, hay que reconocer, ese último resto de dignidad que les quedaba, llamándose los “piojosos”. Se reconocían así como los parias que nadie quiere, pero que aceptan su condición con los últimos restos de dignidad humana que les quedaba.

Este breve marco quiere justificar por qué, aunque con otro sentido, nos consideramos, y con orgullo, también los “piojosos” de nuestros tiempos. Y la verdad, no nos importa ser los parias del desierto, pues nunca hemos chapoteamos en los lodazales de la “política”, como otros que se pavonean de ser los representantes del “Pueblo” o los “demócratas de toda la vida” y nunca han sido capaz de mirar a otro ser humano con amor y caridad. Donde nosotros vemos seres humanos, ellos ven votantes.

Nuestra dignidad, la de los “piojosos”, nunca será reconocida por “ellos” pues está muy por encima de las intrigas, las miserias, las corruptelas, las mentiras e hipocresías, de los “institucionalizados” y “perfumados” políticos y sus plebeyos servidores: los que lamen zonas no recomendables a los que ostentan un tiránico poder en los Partidos políticos “democráticos”; y todo ello por una míseras prebendas que el tiempo pudre. Son los que defienden que la Democracia es libertad, y se pasan todo el día besando los pies de sus amos y ejerciendo de complacientes esclavos de las circunstancias. Seguir leyendo