14139079076133

La actualidad de los últimos días nos ha ofrecido varias noticias que alumbran de una forma especialmente clara lo que han sido, son y serán tanto ETA como la gentuza que llenaba sus filas y, afortunadamente, las cárceles.

Lo primero fue el sainete de las armas, tan falso y teatral como era esperable, una escenificación que no se creen ni sus autores ni sus intérpretes. Lo segundo la exhibición de chulería, matonismo y sinvergüenza de secuestradores o asesinos presentándose como “actores de la paz”.

Lo mejor, no obstante, ha sido lo que hemos sabido sobre Jesús María Josu Zabarte, más conocido como ‘Carnicero de Mondragón’ un bichejo al que contemplan 17 asesinatos y que se ha paseado estos días luciendo con orgullo su historial criminal, del que asegura no arrepentirse lo más mínimo. Pero resulta que el valiente gudari de la patria vasca se cagó de miedo, literalmente, durante el tiroteo previo a su detención.

Ahí tienen ustedes, la pobre patria vasca convencida de que sus más valientes hijos luchaban por ella –entiéndanme la ironía- y resulta de que cuando a las pistolas no se les oponían nucas sino otras pistolas los gudaris sufrían una súbita relajación del esfínter y, como las folclóricas, echaban “to lo que llevan dentro”.

Se me ocurren muy pocas cosas peores que ser un asesino terrorista, pero desde luego una de ellas es ser un asesino terrorista y, encima, cobarde. Esa ha sido la fibra moral de ETA y de todo lo que se ha movido a su alrededor: la cobardía y el ventajismo, la violencia siempre que tuviesen claro que ganaban, matar y guardar la ropa.

Así ha sido la escoria etarra siempre, y por eso lo que ocurrió tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco pudo haber sido tan importante: en cuanto les hubiese costado dinero o hubieran corrido el peligro de que las hostias se las diesen a ellos los abertzales se habrían disuelto como un azucarillo. Por eso fue tan importante que el PNV –otro ejemplo histórico de miseria moral- saliese al rescate de los asesinos y su entorno.

Pero más allá de estas reflexiones lo bueno es que a partir de ahora cada vez que veamos al asqueroso Zabarte recordaremos que además de un asesino despreciable ese patilludo que presume de gudari en realidad es, como bien ha dicho uno de los guardia civiles que lo detuvo, un ‘cagari’. Ahora, cuando presuma de sus crímenes nuestra mueca de asco tendrá algo de sonrisa, porque al hedor moral que desprende en todo lo hace y dice se unirá el pestazo de sus incontrolables heces.

Ahora ya sabemos que no sólo es que sea un mierda y huela a mierda metafóricamente, que el detritus moral era también un desecho fecal.