12 D’OCTUBRE. SOM CATALANS, SOM HISPANS: Francesc Puigdemont


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Cien mil catalanes escaparon por tierra, mar y aire de la Cataluña republicana de Companys y de sus milicias armadas, controladas y financiadas por la propia Generalitat. La vida de Francesc Puigdemont es una de las miles de historias que el separatismo oculta: los catalanes que lucharon por una Cataluña libre de marxistas y separatistas dentro de una España digna.

El abuelo desertor de Puigdemont

El cuento empieza en noviembre de 1927 con su abuelo Francisco, el fundador de la Pastisseria Puigdemont. Francisco Puigdemont i Padrosa tenía 25 años cuando, en el empedrado pueblo de la Selva gerundense que aún huele a leña y suena a campanadas, se le presentó la oportunidad de su vida: comprar el material de la tienda en la que trabajaba y trasladarla al edificio de enfrente, el número 6 de la calle Sant Miquel, a un paso del ayuntamiento. En la planta baja ubicaría el negocio; en la de arriba formaría una familia con su mujer, María Oliveras i Galceran. Un año después Francisco montó un obrador y mandó rotular su apellido. Pronto la droguería, tienda de ultramarinos y también pastelería prosperó.

El lugar era idóneo. Desde finales del siglo XII y hasta mediados del XX, Amer era foco de peregrinación por su mercado de los miércoles y por sus cuatro ferias anuales (en Reyes, Cuaresma, San Isidro y San Martín). Los payeses iban a comprarles pucheros, platos, cuchillos, dulces… En su primer 6 de enero los Puigdemont ingresaron 165 pesetas.

«Vendíamos de todo menos zapatos, alpargatas y ropa», cuenta Josep, hijo de Francisco y tío del president. «Emplastes para los bueyes y las vacas, resina negra y resina griega, parches Sor Virginia [cataplasmas para los dolores], hierbas, productos para curas medicinales… Teníamos más de 1.500 artículos en cajones con letreros y decenas de botes de hojalata». También vendían chocolate, hacían mazapán, pastillas de turrón de yema… y dos especialidades de Francisco: los borrachos de ratafía (un licor de la zona a base de anís) y los caprichos de Amer que inventó él mismo y que aún vende su nieta Anna, hermana del presidente.

Así discurrieron los años 20 y 30 hasta que, como en toda España, la Guerra Civil azotó a la familia.

La fuga del pastelero

La primera de las dos veces que Josep vio llorar a su padre fue cuando quemaron la iglesia, la del monasterio de Santa María de Amer cuyos abades habían fundado el pueblo allá por 949. Su padre, un hombre «muy trabajador» que «no era político pero sí creyente», lloró, derrotado sobre una silla, tras ver cómo desmontaban los altares y los quemaban en una hoguera en la Plaça de la Vila.

«La segunda vez fue cuando se marchó».

Era enero de 1938 y Amer, territorio republicano. La casa de los Puigdemont, allí donde 24 años más tarde nacería Carles, había servido de refugio para tres enemigos de la República -dos curas, uno de ellos hermano de su mujer, y un militar jubilado de Madrid a quien el estallido de la guerra sorprendió de vacaciones en la Costa Brava-. A Francisco iban a llamarle a filas pero él se resistía. «Mi padre», prosigue Josep, «no quería ir a la batalla del Ebro». De modo que tomó una decisión. Cuando recibió el chivatazo de que el bando republicano le iba a llamar, el pastelero entregó a su esposa dos cartas ficticias supuestamente escritas desde el frente, contactó con la Blanca del Carbonell, «una heroína de Olot que pasaba a curas, monjas y católicos» gracias a su conocimiento de las rutas de pastores y payeses, y se fugó.

En su deserción, Francisco cruzó por los Pirineos a Francia. Pero allí la policía lo detuvo y le ofreció un pasaporte y dos opciones: «O volvía a Cataluña o a la zona nacional». Optó por Irún, que ya había sido conquistada por los sublevados del general Franco. De allí viajaría a Pamplona, donde, con la ayuda de su cuñado el cura, pasó a Ubrique (Cádiz). Entonces un amigo que controlaba los puestos en las cárceles de presos republicanos lo «colocó» en el penal de Burgos. Allí el pastelero se encargó del suministro de la comida a los presos «rojos». Francisco Puigdemont salía de la cárcel, compraba los alimentos y los llevaba a la cocina. Estaba contento, cobraba «un buen sueldo», cuenta su hijo. Tanto que, cuando acabó la guerra, llamó a su mujer: ¿por qué no se iban con él? «Casi somos de Burgos», ironiza Josep…

Dos uniformes de la falange

Pero María dijo que no. El negocio iba bien y en su ausencia la familia -ella, de 36 años, y los pequeños Xavier (12 años), Josep (11) y Anna (cinco)- no había sufrido represalias. Así que en 1940 el pastelero volvió a su pastelería. La imagen de su regreso que evoca Josep son «los dos uniformes negros de la Falange, con sus correas y cinturones», que el padre regaló a los dos hermanos. «Era obligatorio afiliarse. Yo tocaba la trompeta en sus desfiles…».

El pequeño Carles sonríe en la tienda que la familia regentó durante algunos veranos en Estartit.CRÓNICA

En la familia «catalanista y católica» hubo más historias. Como la del carpintero que construyó el mostrador, el bisabuelo de Carles, José Oliveras. Un hombre de misa diaria, alcalde de Amer en 1910 y 1911, que fue distinguido como Caballero de España tras ser apresado por el Frente Popular.

O la de su hijo mayor, que, tras ocultarse con otros desertores en una cueva, también cruzó a Francia, donde los ametrallaron. La prensa lo dio por muerto. Pero no: una noche, al cabo de un par de meses, tocó a la puerta de casa. Había salvado la vida al tirarse rodando por una ladera. Ya en su tierra cumplió: se fue a la batalla del Ebro con los republicanos. «Pero en el momento propicio», cuenta Josep, «se pasó a los nacionales».

O la del primo de Francisco, jefe de Falange de Amer, cuyo estanco acabó en manos del pastelero…

La guerra pasó, la dictadura se asentó y Francisco y María siguieron al frente de la pastelería hasta que su primogénito, Xavier Puigdemont, con estudios de repostería, tomó las riendas. Con él al mando continuó la saga. Xavier se casó con la administrativa Núria Casamajó y tuvo ocho hijos. El segundo fue Carles: nació en esa misma casa con la ayuda de una comadrona el 29 de diciembre de 1962.

En aquel hogar donde se leía el carlista y católico El Correo catalán se crió el president. Hoy le recuerdan un discurso suyo de 2013, cuando, recuperando una cita del periodista Carles Rahola antes de ser fusilado, decía que «los invasores [franquistas] serán expulsados de Cataluña». Como si entre esos invasores no hubiera habido catalanes… Como si no los hubiera habido en Amer, que brindó a Barcelona un alcalde franquista, José María de Porcioles.

(…)

LEYRE IGLESIAS

http://www.elmundo.es/cronica/2016/01/17/569a21d0e2704eff308b4659.html



Categorías:ACTIVIDADES, CATALANS HISPANS

2 respuestas

  1. Gracias por la aclaración.
    Según la iba leyendo he tenido una intuición:

    que la gente se arrima al sol que más calienta:

    ¿Hoy quien manda en Cataluña es Pujol?
    Pues ya habrá algún espabilado que se haga pujolés (no necesariamente por razones crematísticas)

    ¿Ayer quien mandaba era el idiota zapatero?
    Pues hubo muchos que se hicieron zapateros e incluso imitaron su manera de hablar. Especialmente los intelectuales y los estetas del feísmo (aquí no entran los Actores de la Ceja, porque evidentemente se lucraron todo lo que pudieron y más)

    ¿Antes de ayer mandaba Franco?
    Pues a las concentraciones multitudinarias para recibirle o apoyarle.

    ¿Mañana mandará el Islam?
    Ahí veo a los espabilados de «primera hora» rezando en las mesquitas y recitando el Corán aunque no entiendan ni papa el árabe coránico.

    Ahora me explico el apoyo masivo que tuvieron Hitler y Stalin.
    No todo fue fuerza y manipulación, sino demostración de «quién manda aquí».

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