ANALISIS3

TODO SIGUE IGUAL, “EPPUR SI MOUVE”

Difícil cuestión es analizar los que han pasado estos últimos meses en Cataluña, los resultados de una consulta “participativa” popular que nunca se debió celebrar y de las consecuencias políticas que implicará.

Unas precisiones previas

Los datos que vamos a ofrecer son aproximados por diversas y legítimas cuestiones: en esta consulta no ha habido métodos de control, todavía quedan urnas por recontar y permiso para votar durante 15 días más; tampoco ha habido un sistema de control sobre recuentos, ni interventores, ni Junta electoral del proceso y, por último, la posibilidad de duplicar votos, al no existir un censo previo ni mecanismos de control suficientes. Ello nos obliga a generalizar cifras, pero siempre las hemos redondeado a favor de las tesis secesionistas, para que no se nos acuse de parcialidad.

Dicho esto, primero realizaremos una lectura generalizada de los datos e intentaremos sacar algunas conclusiones. Posteriormente haremos una lectura política, tanto de lo que posibilitado esta “victoria” del secesionismo, y de los que le espera a Cataluña y España en los próximos tiempos.

El alcance real de los votos y su peso específico en comparativas con procesos electorales.

Los votos contabilizados hasta ahora y los restos que quedan por contabilizar, se aproximarán a como máximo unos 2.300.000 votos. Las fuerzas nacionalistas habían puesto su frontera que separaba el éxito del fracaso en 2.100.000. Esta cifra surge de sumar los votos obtenidos por CiU, ERC, ICV y las CUP en las autonómicas de 2012.

Hipotéticamente, el resultado final favorece la tesis de que el nacionalismo está incrementando su arraigo. Sin embargo hemos de tener en cuenta un facto básico. La diferencia de censos en ambos procesos. En las autonómicas de 2012 el censo era de 5.343.091 votantes. Por tanto estas fuerzas políticas obtuvieron un 39% de votos sobre el total. Evidentemente no todos eran independentistas, pero sí configuraban un bloque nacionalista más o menos alineado estratégicamente.

Respecto al proceso “participativo” del 9N, el censo se incrementaba notablemente al sumar población entre 16 y 18 años más unos 900.000 inmigrantes no nacionalizados pero que se les permitía el voto. Por tanto, nos situaríamos en un censo potencial de 6.228.531, según calculaba el diario El País, y sobre una población en Cataluña de casi 7.600.000 habitantes.

Con estos nuevos parámetros la lectura de los datos cambia radicalmente. De las aproximadamente 2.300.000 de papeletas emitidas, y teniendo en cuenta la proyección del actual recuento, el resultado sería: unos 500.000 votos en contra del Sí-Sí y 1.800.000 votos del Sí-Sí. Y casi 4 millones de posibles votantes no acudieron ¿Cómo interpretar estas cifras? Es relativamente sencillo votantes de CiU e ICV han votado el Sí-No y otros el Sí-Sí. Por tanto, el secesionismo radical ha cuajado en una parte del electorado de CiU e ICV. Pero esta cantidad no es suficiente para afirmar que se ha producido un vuelco espectacular. Simplemente se está consagrada una tendencia, lenta pero imparable del nacionalismo hacia el secesionismo.

La sorpresa es traspasar a porcentaje la 1.800.000 papeletas del Sí-Sí, en función del censo ampliado. Ello dejaría al independentismo separatista en un 28,9%. Redondeemos un 30%. Esto ya lo sabíamos por los sondeos mínimamente serios que todas las instituciones y centros demoscópicos barajaban. Por tanto, para averiguar esto no hacía falta tanto paripé.

Si tuviéramos en cuenta el efecto elecciones generales, donde “emerge” siempre una Cataluña no nacionalista en forma de votos que no aparecen en las autonómicas, la lectura política podría quedar más matizada aún. Por ejemplo, en las Generales de 2011, con un censo de 5.252.479, la suma de votos a los partidos antes incluidos en el bloque soberanista fue de 1.500.000, esto es un 28%.

Sorprendentemente las cifras –a priori un poco complejas en la exposición- acaban siendo muy fáciles de interpretar. El voto nacionalista no se ha movido excesivamente en valores absolutos, pero sí que se está produciendo una radicalización en su seno hacia el separatismo radical. Aunque esta radicalización es mucho más pausado de la muchos desearían. A este análisis se le puede reprochar no incluir la dinámica del votante del PSC. Ello es hartamente difícil, pero creemos que queda compensada con actitudes semejantes en ICV.

Lectura política y futuribles

No nos cabe la más mínima duda que ha existido un pacto entre el gobierno central y Artur Mas. Éste último era un cadáver político hace escasos meses. La “permisión” del Gobierno central del “nuevo” 9N, ha sido reconocida explícitamente por Joan Rigoll, presidente del Parlamento Autonómico en una reciente entrevista a TV3, un día antes del proceso. Por eso el actual presidente de la Generalitat catalana, pudo jactarse ante la prensa sobre la responsabilidad política de este acto ilegal. Este pacto ha permitido a ambos presidentes, central y autonómico, hacer su discurso de cara a sus bases e intentar no salir demasiado tocados. Objetivo cumplido en Mas, y no tanto en Rajoy.

¿Cuáles son las claves del Pacto? Por un lado la supervivencia de Mas ante ERC; y, por otro, que el gobierno central pueda tener un interlocutor más “moderado” que no fuera un futurible “Presidente Junqueras”. El gobierno central ha estimado que prefiere salvar a Mas que enfrentarse a una posible Declaración Unilateral de Independencia (DUI), si ERC accediera a gobernar Cataluña. Una acción así obligaría a movimientos ya fueran judiciales, ya policiales, de envergadura.

Paradójicamente, Rajoy ha tenido que salvar a Mas y, así, salvarse a sí mismo; pues España podía entrar en una crisis institucional sin precedentes, que alejara a los mercados y hundiera la recuperación económica. Para ello ha sacrificado la confianza que millones de catalanes tenían depositada en las promesas del gobierno. Y total ¿para qué?

Un editorial del independentista y subvencionado diario Ara, titulaba el día anterior a la consulta: “Primera victoria psicológica en el proceso”. Y así ha sido. La consulta no ha desequilibrado numérica mente las fuerzas políticas en Cataluña, pero sí los equilibrios psicológicos. Por un lado los que han vivido la consulta como una victoria y los que la han sentido como una quiebra del Estado de derecho y una voladura de los diques de contención del nacionalismo. La propia presidente de la ANC, Carme Forcadell, declaraba en la mañana de la consulta: “Hoy, independientemente de lo que pase, ha sido una victoria, porque hemos votado contra el Estado”.

Es ingenuo pensar que esta consulta tenía como intención conocer qué piensa el pueblo catalán. Eso, como hemos dicho, ya lo sabíamos por infinidad de estudios demoscópicos. La consulta es una etapa más en el proceso hacia la independencia que pasa por el hundimiento del Estado de Derecho. Artur Mas gestionara la “victoria” de la consulta y podrá alargar la legislaturas, con el apoyo económico del gobierno y la aprobación del los presupuestos gracias al PSC. Pero ello no “centrará” la política catalana. Tarde o temprano, y pasando por unas elecciones municipales, el independentismo radical tomará el timón de la nave. Frente al tacticismo ganará la estrategia.

Hace 10 años el independentismo representaba un 15% del electorado; ahora está en el entrono del 30%. Las políticas tacticistas han legitimado futuros referéndums legales y que el independentismo pueda dar en pocos años otro salto cualitativo hasta situarse en un 45%. Entonces ya no habrá constitucionalismos que frenen este “proceso”. En estos momentos el nacionalismo necesita sólo ganarse un millón de voluntades más … y eso no es imposible, sino véase el proceso escocés. Artur Mas y/o CDC, que ha sido salvada in extremis por el gobierno central, esperará al acecho las elecciones generales. El gobierno que salga, sea del color que sea, será débil y necesitados de pactos. Entonces veremos cómo “agradecen” los servicios prestados por el gobierno central.