Rafael María Molina
Tradicionalmente se ha venido definiendo a los autos sacramentales como piezas teatrales religiosas, dispuestas en una solo acto, referidas al misterio de la Eucaristía, para su representación en principio en la festividad de Corpus Christi. Sin embargo por encima de esa definición formal hubo infinitas variantes. Lo cierto es que los autos sacramentales son la modalidad típica e inconfundiblemente española de lo que fue en la Europa medieval el teatro religioso.
Pero mientras en Europa el neopaganismo del Renacimiento y la irrupción de la herejía protestante acabaron con el teatro religioso, en España por el contrario, el género se desarrollará aún más y vivirá su apogeo entre el siglo XVI y el siglo XVII, especialmente en la primera mitad de esta última centuria. Lope de Vega y Calderón de la Barca llevarán los autos sacramentales a su máximo esplendor. Los mayores estudiosos de los autos sacramentales, como el profesor Valbuena Prat, o el gran historiador de la cultura española Marcelino Menéndez Pelayo, destacan su carácter alegórico, que influyó notablemente en otros autores de géneros distintos como Baltasar Gracián, cuya gran obra El Criticón, está claramente influenciada por el género sacramental.

El profesor González Ruiz ha hablado del «singular españolismo del auto sacramental.» «España, que ha rechazado al luteranismo y lo combate en los campos de batalla, se levanta contra él formidablemente en la escena. La trinchera teatral del gran combate, que capitanea San Ignacio de Loyola, la defienden Lope y Calderón. El auge del auto sacramental es una faceta brillantísima de la lucha española contra la herejía. Es una forma literaria y artística de la más rotunda afirmación católica» señalará el mismo autor.
Se ha escrito que el Quijote y los autos sacramentales son las dos auténticas grandes aportaciones españolas a la literatura universal. Se conocen 431 autos sacramentales, de autores diversos, como diversas fueron las temáticas, el Antiguo Testamento, el Nuevo, la Devoción a la Virgen María, temas históricos o legendarios, filosóficos, con títulos como Danza de la Muerte, la Oveja Perdida, A María el Corazón, a Dios por Razón de Estado, El Hospital de los Locos, Los Encantos de la Culpa, Las Mesas de la Fortuna, la Hidalga del Valle, El Santo Rey Fernando III, la Gran Casa de Austria y un largo etcétera. Originalmente la famosísima obra La Vida es Sueño, de Calderón, era un auto sacramental. De Calderón es también el auto sacramental quizá más famoso de todos, El Gran Teatro del Mundo.
En estas obras personajes alegóricos como, la muerte , el entendimiento, el alma, el pecado, la sabiduría o incluso el cristianismo y el judaísmo (para demostrar la errada conducta de los judíos por no reconocer a Jesús) mantenían largos diálogos en verso. Leer hoy estas obras resulta interesante pero nos pueden parecer muy difíciles de entender, para nuestra mentalidad actual donde la dimensión trascendente y religiosa ha sido casi extirpada de nuestras almas por la Modernidad materialista, pero para las gentes españolas de aquellos siglos, impregnadas de Fe y amor a Dios, al menos teórico, los autos sacramentales eran uno de sus mayores entretenimientos y miles de personas asistían a sus representaciones.
No todo era fervor puro naturalmente y Felipe IV promulgó leyes para que las actrices que intervenían en ellos no ostentaran lujos excesivos en su indumentaria y los autos no se convirtieran en vehículo de vanidades mundanas, pero no hay duda de que el público popular se sentía fuertemente atraído por este género, en el que veía el reflejo de su propia Fe inquebrantable, al tiempo que le satisfacían las complicadas y atractivas escenografías que lo acompañaban.
Después de haber alcanzado el género una cima de esplendor a mediados del siglo XVII, llegó una quizás inevitable decadencia posterior, pero el pueblo siguió apegado a los autos sacramentales, el último de los cuales conocido, se escribió en 1753. Sin embargo se seguían representando los antiguos con gran asistencia de público. Tuvo que ser, y no fue casualidad, durante el reinado de Carlos III en España, cuando sus ministros, ya penetrados por la influencia «ilustrada» y masónica, prohibieron los autos sacramentales, con el pretexto de las supuestas irreverencias del público durante las representaciones. En la misma época se prohibirían por el Gobierno numerosas devociones populares, siempre con excusas pías.
En definitiva no es exagerado señalar que el apogeo imperial de España, en el siglo XVI y la primera mitad del XVII, se fundamentó en tres pilares de similar importancia: las armas, la teología y la cultura, (ya se manifestase en literatura, pintura, arquitectura, imaginería religiosa, música sacra…) y dentro del ámbito cultural, uniéndolo con el teológico, los autos sacramentales fueron pieza esencial. Hoy en día incluso autores internacionales ponderan la calidad y la relevancia del género sacramental. ¡Atrevámonos a recuperar los autos sacramentales!
Artículo basado en la obra «Teatro Teológico Español» (2 vols) de Nicolás González Ruiz BAC (1956)
Categorías:Uncategorized
Deja un comentario