¿Nuestra cultura?


LO RONDINAIRE

Uno de los argumentos recurrentes entre aquellos que se oponen a la inmigración masiva, especialmente a la mahometana, es el de que debemos defender «nuestra cultura». A veces esto viene acompañado de una vaga referencia a los «valores cristianos», o a nuestro «modo de vida». Es una reacción lógica ante lo que se supone un peligro para la propia identidad.

Un ejemplo de ello sería el de Roberto Vaquero, líder del Frente Obrero, alguien que, viniendo del mundo comunista, respeta la religión cristiana: «Soy ateo pero culturalmente me considero cristiano y defiendo la cultura que tenemos aquí antes que religiones que vienen aquí a imponer lo suyo y a destruir lo que hay aquí, lo nuestro». Es decir, Vaquero le da valor al cristianismo en tanto que es «nuestro» en contraposición a lo que viene de fuera. Otro ejemplo sería el de Giorgia Meloni quien, en un discurso en la CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora) el pasado mes de febrero, defendía el valor específico de Occidente: «Todavía creo en Occidente [la cursiva es nuestra]. No sólo como un espacio geográfico, sino como una civilización. Una civilización nacida de la fusión de la filosofía griega, el derecho romano y los valores cristianos. […] Cuando decimos Occidente definimos una manera de entender el mundo donde el individuo es central, la vida es sagrada, todos los hombres nacen libres e iguales, la ley se aplica por igual a todos, la soberanía pertenece a las personas y la libertad viene antes que todo lo demás. Esta es nuestra herencia y nunca nos disculparemos por ello».

Así pues, lo que cabría preguntarse es, en concreto, cuál es nuestra cultura. El gran Dalmacio Negro definió la cultura como «la forma de la sociedad1». ¿Y cuál es la cultura de Occidente? ¿Cuál es su forma? ¿Qué es lo propio del hombre occidental? Nos vemos obligados a caer en la injusticia de la generalización para poder mantener una línea argumental, por lo que nos disculpamos de antemano.


En primer lugar, somos materialistas en dos sentidos: primero, en el apego a lo propiamente material; en un segundo sentido más profundo, vivimos de espaldas a Dios. No hay vida espiritual o está mal orientada. Occidente ha apostatado. Negar a Dios supone, entre otras cosas, negar la idea de trascendencia, lo que nos lleva a la búsqueda de la felicidad aquí y ahora, y de ahí el desmesurado hedonismo imperante. Entre otras cosas, la revolución sexual jugó aquí un papel clave, como defiende Pablo Pérez López: «No es exagerado afirmar que el cambio cultural más
claro que se operó entonces [los años 60 del s. XX] fue el experimentado por la conducta sexual de los jóvenes de aquellos años (5)».

Los cambios en la conducta sexual unidos a la promoción de la homosexualidad, del feminismo —que pretende, conscientemente o no, la masculinización de la mujer—, la defensa del aborto como un derecho, el «nuevo papel» de la mujer en la sociedad y el «disfrutar de la vida» han llevado, como es lógico, a un caída brutal de la natalidad. Muchas mujeres ya no quieren ser madres o lo son tardíamente. Frente a los potenciales «invasores», que tienen unas tasas de nacimiento muy altas, no tenemos nada que hacer. No es un teoría, es aritmética. Tener pocos hijos es ya, para un occidental, una cosa cultural, o sea, asumida ya como normal entre nosotros.

La pérdida del sentido de una vida trascendente trajo consigo también el surgimiento de lasideologías políticas, en ese afán, como decíamos, de procurar un paraíso terrenal. En ese empeño suyo, lo que harán en última instancia todas ellas será tratar de hacerse con el poder «para hacer el hombre tal como a su juicio debe ser», citando de nuevo a don Dalmacio. Y así llevamos desde la Revolución Francesa, una ideología tras otra sin conseguir, por supuesto, sus objetivos, y dejando por el camino millones de cadáveres. Hasta tal punto llega el delirio de las
ideologías que ahora ya ni siquiera se trata de lograr la salvación terrenal del hombre, sino del planeta. En cualquier caso, desde el fin de la II Guerra Mundial, la cultura política occidental está encarnada en la democracia liberal o, si lo prefieren, la partitocracia, un auténtico circo.

Otro hecho cultural occidental que debería alertarnos de qué clase de cultura tenemos es el arte, o las artes, si se quiere. Un «arte» degenerado, grotesco, absurdo, una estafa intelectual, en muchos casos. Es la decadencia absoluta, el reinado del feísmo y del sinsentido. Aplíquese lo mismo a la escultura y a la arquitectura. Cine, televisión, literatura… salvo honrosas excepciones impera lo chabacano y lo vulgar. Ya lo advirtió Ortega y Gasset (3) pero lo sintetizó mejor, pensamos, nuestro reaccionario favorito, Gómez Dávila: «La vulgaridad colonizó la Tierra. Sus armas han sido la televisión, la radio, la prensa».


Sea como fuere, nuestra cultura es la que es porque se ha producido en los últimos siglos una ruptura con el pasado, con la tradición, con la cultura y la civilización cristiana. Todavía resisten, a duras penas, dos instituciones: la Iglesia y la familia. Son las dos presas más difíciles de abatir para la Revolución —en mayúscula—, pero los ataques son feroces y continuos porque la Iglesia representa justamente lo opuesto a la cosmovisión actual y porque la familia le da al hombre justo lo que le quiere negar la Modernidad: vínculos fuertes y reales, raíces, arraigo.

En esta ruptura tuvo mucho que ver el tótem entre los tótems de Occidente: la libertad. Una libertad mal entendida, esto es, convertida en un fin en sí misma, puesta en práctica del capricho de la voluntad personal; una libertad no ordenada a la Verdad y por tanto no ordenada al Bien; una libertad, en definitiva, «entendida como liberación(4)», la «libertad de toda coacción (5)».

Materialistas, hedonistas, promiscuos, acomodados, sin niños pero con perrito, viajeros,egoístas, idólatras, descreídos, soberbios, vulgares, indisciplinados, cobardes,… pero «libres», ¡eso sí!

En resumidas cuentas, nuestra cultura no es, en realidad, nuestra verdadera cultura, es decir, la cultura cristiana, la que realmente dio forma a Occidente. Diríase que, más que defender nuestra cultura, parece más apropiado defenderse de ella. Como sentenció Hilaire Belloc, «Europa debe volver a la Fe o perecerá». No hay más.

1 NEGRO, Dalmacio. ‘El mito del hombre nuevo’. Ediciones Encuentro. Madrid, 2009.
2 PÉREZ LÓPEZ, Pablo. ‘De mayo del 68 a la cultura woke’. Ediciones Palabra. Madrid, 2024.3 «… característico en nuestra época: no que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, sino que el
vulgar proclame e imponga el derecho de la vulgaridad o la vulgaridad como un derecho», en ‘La rebelión
de las masas’.
4 AYLLÓN, José Ramón. ‘El mundo de las ideologías’. Homo Legens. Madrid, 2019.
5 BILLOT, Louis (Cardenal). ‘El error del liberalismo’. Editado por Tradición Viva.



Categorías:OPINIÓN, TRIBUNA

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