Axel Seib

Vaya por delante que me alegra que entre muchos jóvenes haya calado la idea de recobrar y defender la masculinidad. Incluso en los momentos más bajos, hay señales de resurgimiento.
Pero querría mostrar cierta distancia respecto al discurso y construcción de, por llamarla de algún modo, «nueva masculinidad tradicional». Y explico por qué.
Entre la gran cantidad de contenido e influencers que intentan despertar esa conciencia masculina dormida tras tanta saña cultural y política, se puede entrever que lo que se está construyendo tiene carencias fundamentales.
Si analizamos detenidamente el contenido que llega a los jóvenes que se quieren alzar contra el tipo masculino pasivo y acomplejado que élites y lobbies han obtenido con su pasapurés cultural, obtenemos una imagen.
Y la imagen es la de querer recuperar un hombre hipermasculino, basado en un estética hormonada y con la palabra «emprendedor» tatuada en la frente como lema de vida. Y un tipo de emprendedor meramente empresarial. Haciéndome eco de un término de Fusaro, si bien en un sentido ligeramente más superficial, pareciera que el resurgimiento de la masculinidad se hubiera construido sobre una concepción «turbocapitalista».
Al hombre se le debe juzgar por hacer lo que es debido. Por hacer lo correcto. Nuestra cualidad elemental es y debe ser tener la capacidad de sacrificio suficiente para mantener a los nuestros lejos del caos y del mal.
El relativismo moral, que hace tiempo que ya es directamente una inversión moral en toda regla, ha dañado seriamente dicha cualidad. Nadie que es incapaz de distinguir el bien del mal o, en un plano más poético, que no ve diferencia entre la luz y la oscuridad, puede mostrar su rol fundamental como separador de dichas oposiciones.
Ante eso ha habido una reacción muy oportuna y lógica. Pero renqueante.
Es esperanzador que se recupere la idea de masculinidad, del rol proveedor y tanto más. Pero era imposible creer que una prenda tan invertida y maltratada, al intentar volverla del derecho, no tuviera arrugas y daños marcados. Y en esas estamos.
No es mi intención machacar ni criticar gratuitamente a, por llamarlos de algún modo, nuevos ídolos y referentes culturales juveniles que intentan devolverle el brillo a esa vieja coraza que es la masculinidad. Especialmente, porque es aquello que necesitamos recuperar si no queremos vivir de rodillas y con la expectativa de finar sin ninguna clase de sentido. Pero ya se advierte que la masculinidad, incluso en su intento de recuperación, está llena de rotos y de arrugas.
Está bien ligar la masculinidad con un rol emprendedor y de éxito. Pero esos atributos son secundarios y, en general, se deben basar en el valor del varón como sujeto con iniciativa desbordante y voluntad férrea. Y siempre subordinados a un bien que nos trasciende, llámese moral o bien común. Resumirlo todo a un plano emprendedor y de éxito empresarial, es una corrupción mercantilista por hacer de lo parcial el todo. El hombre fracasa y se levanta. Y vuelve a intentarlo. Y probablemente, se lleve otro bonito empujón contra el suelo. Pero no es “éxito» mercantilista lo que le debe mover. Es la constancia de hacer lo correcto, de hacer aquello que debe ser hecho.
Siempre será más deseable el discurso del hombre de éxito y emprendedor, que la cochambre pasiva en la que nos han pretendido convertir. Eso es cierto. Pero más deseable no significa que sea lo realmente correcto. Sencillamente es una masculinidad algo más cercana a lo que nuestros antepasados se quisieron asemejar, pero no es la misma. Es una deformación mercantilista, sea por ignorancia o por deseo de negocio, que nos ayuda a recobrar el ideal, pero que no es a lo que debemos aspirar.
Y no es nada contra el éxito empresarial. Faltaría más. Aquel que tenga en su mano la fuerza y voluntad suficientes para conseguirlo haciendo lo correcto, está casi más en su deber que en su derecho. Pero no es aquello que nos debe definir. Ni mucho menos a los jóvenes que aspiran a derrocar a esos fanáticos que han utilizado el eufemismo de «deconstrucción» como pretexto para la anulación del hombre.
Jamás diré que esté mal tener carácter emprendedor, pero no únicamente en los negocios. No diré que esté mal estimular la camaradería, pero no como una secta guiada por un repeinado hormonado de gimnasio. Tampoco está mal entrenar y pretender mostrar la vitalidad y virilidad construida en el propio cuerpo. Pero no son pinchazos para conseguir una hipermasculinización tan superflua como grotesca, lo que nuestro mundo y nuestra gente necesitan.
Necesitamos ser hijo, marido de padre. No un fullero pseudoempresario con sus pastillas de Dianabol a buen recaudo, que vende humo y pretensiones. El hombre que se necesita es mucho más cercano a aquel recto anciano de apenas metro sesenta que se mostraría inamovible ante cualquier Goliat de tres al cuarto. Aquel seco arbusto imposible de ser arrancado por la peor tormenta. Ese abuelo nuestro al que la propia voluntad de defendernos y hacer lo correcto daba aliento y fuerza suficientes para imponerse ante la mayor adversidad y ser puntal y no veleta. Todo lo demás, sin estar mal, no son más que sucedáneos de una masculinidad que no sabemos , aún, cómo reconstruir y recobrar. Sombras deformes de la entidad real que es ser hombre.
Más hombre, mas humano, más cerca de la mujer. Precioso artículo
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