Sin respeto, no debe haber remordimiento.


Axel Seib

Existe una teoría, quizás conocida por algunos, sobre la cultura del honor. No querría entrar en profundidad en ella, pero una parte importante de la teoría sostiene que sociedades con mayor tendencia a la violencia, desarrollan unos protocolos y una forma de cortesía para mantener dicha violencia bajo mínimos.

Lógicamente, si no hay faltas de respeto y se mantiene una deferencia por los demás, la violencia es complicada. Si no se mancha el honor, no hay agravio. Y sin agravio, no hay desquite en forma agresiva. De ahí la relación con la «cultura del honor».

Normalmente se entiende que dichas formas aparecen en sociedades con estados débiles y en los que las propias familias y sus miembros son los garantes de la propiedad, la integridad y la paz social. Pueden ser sociedades de frontera, donde la fuerza institucional se desdibuja. O, sencillamente, en sociedades pre-estatales o con un estado ínfimo. De ahí que se considere, hasta cierto punto, que el desarrollo del estado, su fuerza y su autoridad, señales que a veces se entienden como el grado de desarrollo de una sociedad, esté inversamente correlacionado con el grado de cortesía. Podemos ver que el desarrollo de estados cada vez mayores y más «efectivos» suele ir acompañado de menos conflictividad y violencia explícita y, también, de unos modales cada vez más pobres. Pero siempre dentro de unos límites. Podemos permitirnos salir sin despedirnos, pero no nos ciscamos en nadie sin motivo explícito.

No es así en otras sociedades, en las que existiendo el estado, tiene aún poca presencia y un grado de cortesía elevado sigue siendo necesario si no se quiere pasar a la mitad del barrio por la cuchilla en forma de venganzas varias. Pongamos el ejemplo de áreas rurales del Atlas.

¿Qué pasa si esa gente llega a sociedades como la nuestra? Podemos verlo. Abandonan cualquier forma de cortesía y de respeto por el prójimo, porque no causamos el temor de modo personal y directo de que acaben sin dientes por una mala palabra. Lo debería causar el estado, según nuestra lógica. Pero tampoco lo hace.

Entonces, nos vemos con gentes que únicamente respetan la intimidación directa. Podría decir que es lamentable tener que asumir que hay gentes que únicamente entienden la barbarie del degollamiento como forma para mantener la compostura. Pero también es lamentable que haya gente desamparada y pasiva, esperando que el estado actúe ante gente que se ríe y falta al respeto por norma. Es una tormenta perfecta.

El estado nos desarmó y volvió monigotes esperando que la justicia caiga del cielo. El mismo estado que es incapaz de hacer entrar en vereda a salvajes que cuando ven tolerancia, entienden impunidad y salvajismo.

Quizás, si el estado se muestra tan débil con gente incivilizada y que únicamente respeta códigos arcaicos, haya que recuperar un poco de nuestra propia cultura del honor. Al final, eso si que sería enriquecimiento cultural.



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