María José Ibáñez Rodríguez

En la actualidad, ser musulmán no tiene nada que ver con ser judío, paquistaní, europeo, africano o americano. Es una religión, independiente de la raza o nacionalidad.
Dentro de ellos hay practicantes y laicos. Igual que en cualquier otra confesión. Y, desgraciadamente, también hay fanáticos.
Es de todos conocido que el fanatismo cuaja en la población con menos formación, pues se basa en los sentimientos y favorece la autoestima e incluso el supremacismo. Es muy grave en el terreno político y aún más, en el religioso. Pero lo peor es cuando se da en ambos. Cuando la política se convierte en religión, como en el caso del progresismo woke, en el nacionalismo o los talibanes.
Los más perversos crímenes de lesa humanidad se han cometido por el ansia de poder de quienes utilizan los sentimientos de la población para instrumentalizar y generar odio profundo en el que no comulga con su doctrina totalitaria . Nos convierten en fanáticos de forma muy sutil, en algunos casos, y férrea en otros.
También esto ocurre en el islam. Religión y política mezclada suponen un
peligroso ascenso del fanatismo popular. Se revela de forma solapada o descarnada. En este último caso, con actos terroristas que perpetran hacia los de su misma creencia o población , en su mayoría, y sobre cualquier otro objetivo externo.
El descontrol ideológico cuaja en los más ignorantes y sumisos a los dictámenes del imán de turno, que unido a la sobredifusión de las redes sociales, genera una visión completamente distorsionada de la religión.
En su faceta más destructiva, algunos sostienen que cometer un acto sanguinario los lleva directamente al paraíso. Por poca cultura religiosa que se tenga, todos en el mundo sabemos que el Corán prohíbe matar o matarse, exactamente igual que la Biblia. Además de robar, mentir y todo aquello que en ambos casos se considera pecado.
La razón es simple, nuestro Libro Sagrado es anterior y, con adaptaciones a su propia individualidad antropológica, el de los musulmanes lo tomara como referencia.
El fanatismo se basa en mentiras, alimenta el odio y es aún más poderoso cuando convierte la “política” en religión y la “religión” en política. Y esas ideas impregnan a la población más desfavorecida, crea un enemigo falso y le da una cierta sensación de poder . La realidad es que son instrumentalizadas por el ansia de permanencia del mismo, de forma totalitaria y autorreferencial.
Hace al otro culpable de su pobreza y de su situación de inferiodidad, sobre todo en la población inmigrante más vulnerable y recién llegada. El aumento del fanatismo y la delincuencia ha crecido en los últimos años de una forma desproporcionada y vemos una gran diferencia entre las familias que emigraron en otras décadas, respecto a las actuales.
Creo que hay que clarificar conceptos. Tanto un católico como un musulmán puede ser laico, creyente y más o menos practicante. La laicidad no admite la utilización de la religión para imponer unas leyes que reglamenten la vida de las personas. Es separación entre Iglesia y Estado. Es decir el poder político no interviene en la práctica de la religión. Si un estado no es así, siempre habrá problemas. En estados no confesionales como el caso de España o Francia, los inmigrantes musulmanes deben vivir su religión y a la vez respetar las leyes del Estado en el que conviven.
Por ejemplo en el caso del velo, que en Francia está prohibido desde 2004 en las escuelas públicas. Esto sucedió porque también estaba aumentando el uso de las abayas. Se trata de una prenda tradicionalmente negra y sin forma que cubre el cuerpo femenino desde el cuello a los pies, así como los brazos. Se usa con la cabeza cubierta y diferentes modalidades de ocultación del rostro.
Es contradictoria la posición de la izquierda progresista que se opone a estas prohibiciones porque atentan contra los derechos de las mujeres y niñas musulmanas. Es el azogue y el reflejo de un mismo espejo. Que cada cual reflexione al respecto y saque sus propias conclusiones.
En 2010, Francia prohibió el uso de pañuelos que cubran todo el rostro en público, lo que provocó la ira de la comunidad musulmana de 5.000.000 de personas en Francia.
El hiyab es un pañuelo es impuesto por los gobernantes de Irán y Afganistán. En este último país actualmente lo es el burka. También el velo se debe llevar en Malí, en varios regímenes del centroeste y sureste de Somalia y en el oeste de Yemen. En Malí gobierna Al Qaeda desde 2011, en Somalia Al-Shabaab desde 2012 y en Yemen los hutíes desde 2014.
El problema de los velos o abayas no es su uso libre, sino su uso obligado y el fanatismo político que conlleva. No sólo por parte de quien le impone, sino también por parte de quien lo prohíbe y de quien lo defiende. O sea, es una decisión libre de la mujer.
La abaya es una prenda de vestir tradicional que tiene sus orígenes en el islam y puede expresar tanto creencias religiosas, como una identidad o estilo personal. El burka es una prenda que puedes encontrar en Temu por 2 ,19 €. El chador también . Este lleva el pañuelo separado. Hay, por supuesto, de precios mucho más elevados.
El Corán no menciona como obligatorio que las mujeres se cubran el rostro con un velo o sus cuerpos con burka o chador. Habla de que, tanto hombres como mujeres, vistan y se comporten modestamente en público. Este tema ha sido interpretado de diferentes maneras por los eruditos islámicos (ulemas) y las comunidades musulmanas. El problema básico del Islam es que no existe un trabajo de ortodoxia como el que elaboró la Iglesia, para velar por la unidad y universalidad de conceptos que caracteriza el catolicismo. Recordemos que la palabra católico deriva del griego y su significado es universal, en conjunto, de acuerdo con el todo…
El debate sobre el velo condujo a muchos padres musulmanes a retirar a sus hijas de las escuelas francesas. Eso es un grave error y muestra una gran contradicción entre la religión y la política cuando se manifiesta en términos de control.
Las mujeres afganas son maltratadas por los hombres en nombre del islam. Por eso deben ir completamente tapadas, como si de fantasmas se tratase. El islam no obliga a a las mujeres a taparse completamente.
El Corán se escribió hace muchos siglos. En aquel tiempo todas las religiones preceptuaban el uso del velo y de ropa no provocativa para rezar en los templos. En la actualidad para los católicos es una norma no escrita vestir en la iglesia de manera decorosa, aunque este concepto ha variado en la andadura de los tiempos, como es natural. El uso de la mantilla en nuestra religión es algo muy circunscrito a la tradición cultural. En el islam ha pervivido y en en los últimos tiempos, proliferado de manera exponencial.
A diferencia de nuestra religión, en las mezquitas hombres y mujeres están separados. En nuestra cultura, la iglesia ha sido también un lugar de sociabilidad y encuentro: la parroquia. En ella se celebran las festividades religiosas y actividades comunitarias incluso laicas. Es el lugar de encuentro de jóvenes para conocerse en vistas a una posible unión matrimonial.
Para los musulmanes la mezquita no es un lugar de contacto entre los dos sexos. Esto también ocurre en las sinagogas judías. En ninguna de las dos religiones las mujeres tienen obligación de asistir a los templos. En la católica, hombres y mujeres son igualmente considerados.
En la sura 24 ( La luz) versículo 31 recomienda a las mujeres creyentes que bajen la vista con recato y “cubran su escote con el velo”. La sura 33, versículo 59 se dirige a Mahoma con las siguientes palabras: “Dí a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran con el manto. Es lo mejor para que se las distinga y no sean molestadas”. Todo esto, en un contexto histórico ancestral, es muy interpretable de muchas formas. Por desgracia, el objetivo del fanatismo no es en absoluto religioso, sino político.
Respecto a la poligamia, el Corán dice que musulmán puede contraer matrimonio con cuatro esposas “ a condición de amarlas por igual”. Muchos musulmanes actualmente piensan que un verdadero creyente no puede amar a más de una mujer. En muchos países está desaparecida y en Túnez, prohibida.
La poligamia era frecuente en la antigüedad pero en nuestros días es considerada inmoral y degradante para la mujer. Ni el velo, al estilo que proponen los talibanes, ni la poligamia se aceptan en la actualidad.
Pero, desgraciadamente, la ola de fanatismo religioso, ignorada por la “tolerancia” occidental, se abre paso y utiliza esa misma arma para imponer todo lo contrario.
El tema está desquiciado y si no delimitamos muy bien su toxicidad, las buenas intenciones se convierten en cómplice del fanatismo y se vuelven en contra de los musulmanes genuinos o laicos y religiosos y, ni que decir tiene, de todos los “infieles” cuyo asesinato les conduce, según los talibanes, directamente a su paraíso. Esto también incluye la inmolación. Repito que no se trata de religión, sino de política.
En muchos países como Egipto Marruecos o Argelia algunas asociaciones de mujeres luchan por modificar el derecho de familia , también por la igualdad entre el hombre y la mujer. No es fácil cambiar las costumbres arraigadas, aunque se modifiquen las leyes. Debería resultar más fácil para los inmigrantes que conviven con europeos, pero no es así. Las ideas fanáticas afectan a estas personas, les producen rechazo y desean generar odio, tarea fácil ya que se trata de seres humanos en una situación económica muy desfavorable.
La deriva hacia la creación de sociedades paralelas ha hecho tambalearse la utopía de la multiculturalidad. En realidad no es la preservación cultural lo que pretende el fanatismo woke, pues no respeta en absoluto la cultura musulmana genuina, ni su religión verdadera, que ni siquiera conoce.
Tengo la esperanza de que mis palabras sirvan para no caer nosotros en la tentación de la intolerancia y nos deje ver la realidad tal cual es. Calibrar la lente y analizar detenidamente la diferencia entre árabe, musulmán creyente, musulmán laico y talibán. Relacionar todo esto con el problema de la pobreza y la falta de formación, tanto cultural como religiosa, y vigilar muy de cerca a esos pretendidos imanes que llenan de peligrosas consignas las vulnerables mentes de tantos jóvenes, hombres y mujeres.
Y exactamente traspaso lo mismo para los buenistas progresistas y multiculturalistas woquistas que en este caso adoctrinan desde las universidades, medios de comunicación y política institucional. Son los otros imanes que fomentan la ignorancia de las injusticias cometidas contra las personas en algunos países, e incluso en los nuestros, por el neoislam y fonentan el autoodio. Son los que hacen la vista gorda a los problemas que se generan sólo en los barrios pobres, en los que ellos no residen. Esos que cancelan cualquier crítica a la nefasta gestión política de la inmigración que provocó su depredación y que siguen muy interesados en que sigan saliendo de su propia tierra para permanecer expoliando allí y explotando aquí.
Debemos aprender a ver en un simple pañuelo un accesorio con el que mujeres muy formadas e independientes deciden presentar su imagen pública por motivos culturales, religiosos o personales. Como signo de identidad. No es un burka. Y también que la gran mayoría de los creyentes musulmanes religiosos o laicos no son talibanes. Sino, lo único que haremos es que el problema crezca, oxigenado por el fanatismo de uno u otro signo, que es lo que le interesa a nuestro Gran Hermano Globalitario.
Cuidado con los lemas y las críticas superficiales de una situación extremadamente compleja y blanqueada, cuyas víctimas somos todos, creamos o no creamos en lo que sea. El poder mata el alma, genera odio e instinto de enfrentamiento. Frente a ello necesitamos un minucioso planteamiento desde el simple rigor de la política honrada.
Es la cara y la cruz de la misma moneda intolerante que no permite que veamos el peligro real al que nos aboca la hipocresía de la dictadura globalitaria que traduce en términos de ganancia económica todo lo relativo al Bien y al Mal.
Cuidado con caer en el reduccionismo del odio y el enfrentamiento que producen los poderes políticos y económicos. Es la verdadera cultura la que nos jugamos y, con ella, la supervivencia de las Civilizaciones. María José Ibáñez Rodríguez
Categorías:CULTURA, DECADENCIA OCCIDENTAL, GLOBALIZACIÓN, ISLAMIZACIÓN, OPINIÓN, RELIGIÓN, TRIBUNA
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