No vamos a descubrir nada nuevo al decir que los países occidentales son un páramo espiritual. Hemos defendido aquí otras veces que, a nivel de sociedades, hemos apostatado. Sin embargo, hace un tiempo emergió una corriente de pensamiento que defiende las bondades de la religión cristiana, particularmente el catolicismo, en nuestras sociedades —pues eso son, lamentablemente, y no comunidades—. Se trata del ateísmo católico. Podríamos decir que los ateos católicos tienen en común, aparte de este ateísmo particular, el hecho de ser nacionalistas españoles y de estar disconformes con el orden político que padecemos y con la sumisión de España a la plutocracia globalista. Creemos no equivocarnos, además, al afirmar que parte de ellos son de la llamada escuela de Gustavo Bueno, célebre filósofo español fallecido en 2016, uno de los teóricos patrios de este modo de pensar. De entre los ateos católicos actuales, el más conocido de ellos seguramente sea Santiago Armesilla, que además es marxista e hispanista, con quien se puede estar más o menos de acuerdo, pero entendemos que es intelectualmente honrado. Quien quiera conocer de su propia boca sus argumentos puede hacerlo aquí. Otro precursor del ateísmo católico sería George Santayana, también filósofo español, aunque creció en los Estados Unidos.

Pero a lo que íbamos. El ateísmo católico, un oxímoron como la copa de un pino, implica la no creencia en Dios al tiempo que sostiene el influjo social positivo de la Fe; es decir, es un catolicismo cultural o sociológico que defiende la herencia cristiana, su labor civilizatoria. Al contrario que los progres, los ateos católicos no carecen de sentido común y entienden que no se puede vivir sin un cierto orden, cuando menos.
Pero, desde el punto de vista católico, dogmático y sin malabares intelectuales, esta corriente debe ser confrontada. Intelectualmente, por supuesto; no hay que atacar ad hominem.
El ateísmo católico supone, en la práctica, la conversión del catolicismo en ideología, pues se adopta con la mera intención de que aporte cosas buenas a la sociedad y también, justo es decirlo, como reconocimiento a su labor histórica en la construcción sociopolítica. Sin embargo, esa no es la función del catolicismo, cuando menos no la única ni la más importante. A riesgo de repetirnos más que el ajo, citaremos una vez más a don Nicolás Gómez Dávila: «Los problemas humanos no son ni exactamente definibles, ni remotamente solubles. El que espera que el cristianismo los resuelva dejó de ser cristiano». Nuestro Señor Jesucristo no murió en la Cruz por nosotros para garantizarnos una vida plácida ni socialmente perfecta mediante una aplicación sociopolítica de la Fe, sino para obtener el perdón por nuestros pecados, para la redención y la salvación del hombre. Y no del hombre en abstracto, sino de cada uno de nosotros. La política no nos salvará, aunque estemos obligados moralmente al combate político.
Supone también la negación de la naturaleza humana, en tanto que supone que no somos creaturas de Dios. No tenemos alma, por tanto, ni necesidad de buscar la salvación eterna. Pero el hombre no es sólo cuerpo, no se puede obviar su dimensión espiritual, que es justamente lo que hace el ateísmo católico. Negar esta condición al hombre es como pretender que un pájaro vuele con una sola ala. El morrazo está garantizado.
Es preciso entender que la salvación pasa por Él. Lo demás es secularización, la apropiación indebida —si se nos permite la expresión— de las categorías cristianas por parte de la Modernidad. El ateísmo católico, al no creer en lo sobrenatural y negar por tanto la divinidad de Cristo y la inmortalidad y trascendencia del alma humana, busca como cualquier otra corriente de pensamiento materialista el paraíso en la Tierra, cosa que no conseguirá porque el hombre es un ser imperfecto. La eternidad cristiana, secularizada, se proyecta para los materialistas, por tanto, en sujetos terrenales como la nación, la clase, la humanidad o cualquier otra cosa.
El ateísmo católico es la pretensión de levantar un edificio sin cimientos. Es querer un árbol sin raíces y que además dé buenos frutos. «Lo que importa en el cristianismo es su verdad, no los servicios que le puede prestar al mundo profano», dijo Gómez Dávila. He ahí lo importante. He ahí lo sustancial. Quien tenga sed debe acudir a la fuente.
Rezaremos por la conversión de los ateos católicos.
Se basa en la evidencia de que no es lo mismo un ateo criado en una sociedad católica que el que lo ha sido en una sociedad protestante, musulmana o hindú. Dado que la religión no es sólo una creencia sino un conjunto de instituciones culturales que se entrelazan con las políticas y sociales dentro de cada Estado.
El materialismo filosófico de Bueno niega la idea de Dios y de la existencia de entidades espirituales pero, al considerar al individuo dejado de personalidad como un producto social , no puede pasar por alto la contribución de las instituciones conformadas por la religión a la constitución de la persona. Siendo ,en consecuencia, para todo español imprescindible la defensa de las instituciones verdes vinculadas al catolicismo,
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El ateísmo católico es la identidad de tantas personas que, sin ser católicas o siendo agnósticas, se reconocen en y admiran la cultura de donde han nacido; especialmente frente a la inmigración masiva musulmana, a la que se oponen.
Desde ese punto de vista son aliados, no enemigos.
No hay que olvidar tampoco que muchas de estas personas eran ateos militantes o «laicistas» anticatólicos hasta hace poco, en que han visto los dientes al lobo y ven hasta donde les lleva su propia estupides y cabezonería.
Porque efectivamente su postureo está destruyendo nuestra civilización…pero ¿a cambio de qué?
No hay que olvidar tampoco que estas inmigraciones masivas están 100% financiadas por ayudas sociales, lo que significa claramente que los gobiernos occidentales están detrás de estas invasiones (porque no hacen su trabajo de expulsarlos y porque son ellos mismos los que les dan ayudas para vivir en occidente y tener hijos)
Por eso insisto que no son nuestros enemigos, sino nuestros aliados en una causa común muy peligrosa.
Por otra parte no hay que olvidar que creer es una gracia que Dios nos da.
No se puede creer o dejar de creer a voluntad; es inconsciente y automático.
Si esas personas no creen, allá ellas; pero sin así tenemos intereses comunes.
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Pero si nadie ha dicho que sean enemigos, ni mucho menos. Otra cosa es estar de acuerdo en eso o no. Armesilla fue invitado al último congreso de Somatemps, de hecho. Un cordial saludo
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