Vacío episcopal al obispo (independentista) Planellas


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Fuente: Germinans

Este sábado pasado  tuvo lugar la ordenación episcopal de Mons. Joan Planellas como arzobispo de Tarragona, presidiendo la celebración y actuando como consagrante principal el cardenal Omella y como co-consagrantes el arzobispo saliente Pujol y el obispo de Gerona, Francesc Pardo, Pero lo que más llamó la atención fue el vacío episcopal de los demás obispos de la CEE. Solo 21 prelados comparecieron a su consagración. Francamente, una raquítica representación episcopal. Para poner un ejemplo, en la reciente ordenación episcopal de Mons. Gil Tamayo como obispo de Ávila se hallaban presentes 66 obispos. 58 mitrados asistieron a la toma de posesión de Omella en la sede de Barcelona.

De esos 21 obispos, 13 eran los 10 residenciales catalanes más los dos auxiliares de Barcelona y el de Terrassa. 3 eméritos de Cataluña: el cardenal Martínez Sistach (ciertamente envejecido), Soler Perdigó y Piris. La presencia obligada del nuncio Fratini y dos obispos que habían desempeñado su ministerio en diócesis catalanas: Salinas y Taltavull. Los otros dos obispos que completaban el cupo eran el cardenal Blázquez, como presidente de la CEE y el obispo auxiliar de Madrid, Vidal Chamorro. Ningún otro representante de diócesis españolas, ni tan siquiera Mons. Pérez Pueyo que había sido formador del seminario menor tarraconense.

A nadie se le escapará que este desierto episcopal no tiene otra explicación que los antecedentes independentistas del nuevo arzobispo. La estelada en el campanario de su parroquia, el estrambote que dedicó a la mujer de Boadella o sus declaraciones etnicistas, en las que distinguía entre catalanes de origen y “aquellos que han venido de fuera”, han causado auténtico estupor entre sus nuevos compañeros en el episcopado. Ningún obispo de fuera de Cataluña quiso imponer sus manos al recién ordenado, abrazarlo y salir en la foto junto a él.

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Tampoco fue de relumbrón la asistencia política. Fuera de las autoridades locales de Tarragona (alcalde y presidente de la Diputación), la representación de la Generalitat estuvo a cargo de la Consejera de Presidencia, Meritxell Budó. Qué lejos quedan aquellos tiempos en que Jordi Pujol y señora no se perdían ninguna consagración episcopal ni ninguna toma de posesión. Qué ocasión perdió el Presidente Torra de asistir en primera fila con su lazo amarillo bien visible. Por una vez en que nombran obispo a uno de los suyos -aunque haya sido involuntariamente- y no lo sabe rentabilizar. ¡Allá ellos!

Por lo demás, la ceremonia se celebró muy dignamente, si exceptuamos el histrionismo del chantre descamisado, que entraba en éxtasis cuando en la invocación al Espíritu Santo en el canto de entrada se entonaba aquello de “proclamar la libertad a los cautivos”. Siempre hay alguno que no pierde comba. La misa tuvo todos los rasgos de ortodoxia y solemnidad requeridos e incluso Planellas recitó la fórmula de la consagración en latín. Muy correcta y -como siempre- salpicada de algún rasgo de simpatía la homilía de Omella y un auténtico peñazo la alocución final del nuevo arzobispo, que provocó que el propio cardenal barcelonés quedase ligeramente traspuesto. El bilingüismo fue utilizado por ambos prelados de forma bastante aceptable.

No fueron las palabras de Planellas especialmente relevantes. Una eufemística alusión a la necesidad del perdón en todos los ámbitos, incluido el político y un énfasis en la comunión eclesial de las diócesis de la Tarraconense. Sí me sorprendió cuando aludió a sus predecesores, que recordase al cardenal Vidal y Barraquer, al obispo Pont y Gol (de quien ha heredado la mitra), Monseñor Torrella y Monseñor Pujol Balcells y omitiese mencionar al cardenal Martínez Sistach, que también ocupó la sede de San Fructuoso y estaba allí presente. Sic transit gloria mundi.

Empieza un nuevo pontificado en una sede arrasada por la secularización y con un semillero vocacional paupérrimo. Poca mención tuvo el nuevo prelado respecto a este problema acuciante, a pesar de venir del mundo académico y vocacional. Esa es la tarea más urgente que tiene por delante y no la política de unificación pastoral de las diócesis catalanas. El envejecimiento del clero y la ausencia de renovación nos conducen a un futuro aterrador. Esta ha de ser la principal preocupación de un obispo y no se vio al nuevo prelado muy por la labor. Tarragona queda en sus manos. No parece que se vaya a distinguir por la simpatía ni por la proximidad. Esperemos que los negros nubarrones que se han venido ciñendo desde su elección puedan despejarse.  

Oriolt

5 comentarios

  1. Otro obispillo alucinado y abducido por los indepes y por el maligno.
    Bergoglio, el boludo tupamaro, se está luciendo.
    Tanto uno como otro, son repugnantes.
    Haciendo compañía en el circo montado por el clown Novell, otro obispillo cebolludo.

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