Feliz 8 de marzo amigo


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Hoy he leído que pedir un lápiz color carne es racista, claro, lógico, pues hay muchos colores de carne según procedencia o raza. En mi infancia procuraba colorear la faz de un hombre oriental con amarillo, la de un africano con marrón oscuro, ¡o incluso negro! y la de un europeo con un naranja muy suave…., ¡habré sido idiota!, ostras…, yo no quería, de veras que lo siento, no pretendía ofender a nadie. Ahora me siento sucio  y miserable por haber inculcado a mis hijos este odio étnico abominable. Cuantos cuadernos coloreados…, cuantas etnias ofendidas.

También descubrí que abrir la puerta del portal de casa y ceder el paso a una mujer era una actitud machista, para ser más precisos creo que mi pecado fue el de micro- machismo, que es como un machismo inconsciente que conforma la antesala del peor de los machismos. ¿Y si es a mi anciana madre, o mis hijas?, ¿y si es a un compañero? Tendré que consultarlo en la Wikipedia de lo políticamente correcto, la verdad es que no leí nada sobre eso.

También leí que disfrazarse de Pocahontas era ofensivo para los indios, y que también lo era disfrazarse de Rey negro; lo que no acabé de entender es por qué razón no es ofensivo disfrazarse de pirata corsario, de El Zorro, o de Hernán Cortés. Yo, a Dios gracias, nunca ofendí de este modo a ninguna de estas etnias, hace años que no me atraen este tipo de divertimentos de tradición pagana, amén de que soy un tipo tremendamente aburrido y soso, de los que prefiere quedarse en casa leyendo una buena novela, o haciendo maquetas, antes que asistir a una fiesta de cumpleaños de uno de esos niños consentidos de última generación, en la que tienes que sonreír toda la tarde para caer bien a todo el mundo, y fingir que el mocoso consentido es un tipo majete y ocurrente. Así que, quédense tranquilos, que no está en mi ánimo ofender a nadie, ni pintándolo de color carne, pues ya me pasé a la carbonilla, que es, sin duda, un disciplina artística que fomenta la tolerancia; ni tampoco ofenderé a nadie atribuyéndome atuendos de culturas propias o foráneas.

Hoy también leí que existe un proyecto de ley en Argentina, para tipificar como crimen de odio a quien verbalice expresiones como “coger el toro por los cuernos” o “mas vale pájaro en mano que ciento volando”. Estas neo-ideas parece ser que están fomentadas por un colectivo denominado PETA (People for the Ethical Treatment of Animals), que, en algunas de sus propuestas, parece ser que sugieren renovar expresiones como “matar a dos pájaros de un tiro” por otras como “alimentar dos pájaros con un panecillo”; mucho mejor, ¿no? Aunque aquí confieso que ya me perdí, y, para estas cosas, no pienso pedir perdón. Lo lamento por los pajaritos, de veras, no es nada personal contra ellos, de  hecho me encantan las codornices en escabeche, y aunque mi relación para con ellas es meramente culinaria, está basada en el máximo respeto.

¿Saben Vds. qué más descubrí hoy? Descubrí que soy un asesino. Quizás ahora Vds. se pregunten cómo un servidor puede haber extirpado de su memoria un acto de tan terrible naturaleza. Yo mismo abundé en mis recuerdos, y no supe responder, es inexcusable olvidar algo así. Le pregunté a la persona que me interrogaba en qué lugar y momento tuvo lugar ese acto cruento y feroz. Le pregunté si pensaba que yo mismo fui quien capturó las codornices, pero no, no era esa la causa de mi naturaleza homicida, aunque al escuchar codornices en escabeche se llevó las manos a la cabeza. Tras un breve silencio y mirada condescendiente, me puso la mano en el hombro y me dijo que aun no había ocurrido pero que era un homicida en potencia, “te diré más -prosiguió-, también eres un violador en potencia”.

– ¿En potencia?, ¿de veras? Pero, ¿por qué?, ¿qué atributos psicóticos crees que alberga mi alma para que un día pudiera consumar tal cosa?

-Eres un hombre – me contestó en tono tajante y mirada inquisidora.

-Pero….

-Pero nada, tienes que aceptarlo, eres potencialmente homicida y violador por tu condición de varón, está en tu ADN.

Agaché la cabeza resignándome a asumir mi miserable naturaleza, seguí dibujando remolinos con la espuma del café. Esa tarde fue verdaderamente traumática para un pobre tonto como yo, no es fácil admitir que eres un asesino en potencia, y menos aún el mismo día que descubres que eres racista, machista, y violador, aunque según esta amiga, las cuatro cosas eran consustanciales a mi condición de varón.

Esa tarde no pude evitar pensar en la metafísica de Aristóteles y en Santo Tomás de Aquino. Pensé que no había acabado de entender qué cosa era eso del ser en potencia, así que me dirigí a mi casa con el ánimo de releer la metafísica, ya que quedé  terriblemente angustiado y con gran carga de culpa.

Al llegar a casa, tomé el volumen de metafísica y me senté en la vieja butaca donde mi abuelo solía leerme el Lazarillo de Tormes, pasajes de Don Quijote o incluso obras del ingobernable y anarco-carlista Valle Inclán, le recordé vivamente, no pude evitar que se me dibujara una sonrisa; era un hombre sabio, paciente y entrañable. Atrapado en aquella dulce ensoñación, no pude abrir el volumen de Aristóteles, los recuerdos de mi abuelo y los descubrimientos de aquel día se entremezclaron de tal forma que apenas pude moverme; quedé ensimismado  recordando el olor de su pipa y las narraciones de autores clásicos. Levanté la cabeza y observé como se alumbraba una y otra vez mi móvil con mensajes de Facebook, whatsapp y todo tipo de notificaciones, muchas de las cuales aún no sé muy bien a qué obedecen. Tomé el móvil y lo observé, confieso que estaba confuso, así que sin pensarlo demasiado, desbloqueé mi smartphone y llamé a mi amiga.

– Escucha, Amiga, te seré franco, no acabo de entender las acusaciones de esta tarde. Mi abuelo, que era un hombre muy sabio, jamás me hizo ver que era un racista, ni un machista, ni muchísimo menos un asesino; es más, insistió mucho en que no era propio de caballeros maltratar a una mujer, ¿estás segura de lo que dices?

– Claro, no lo entiendes porque te han educado en una estructura hetero-patriarcal, y como tú mismo reconoces, eres un franquista.

– ¿Cómo?

– Sí, franquista, lo acabas de reconocer.

– No, dije que pretendía ser franco, no franquista.

– Ya, ya…., te traicionó el subconsciente.

– Vaya…, bueno, no sé, quizás me escuchaste mal. Bueno, la verdad es que no sé a qué obedece esa acusación, no entiendo qué es esa cosa de hetero-patriarcal.

– Pues eso, que tu padre, y por lo que dices, tu abuelo, te han educado con valores hetero-patriarcales. Lo primero que debes de hacer es deconstruirte. Pero deconstruirte de verdad; sino lo haces de verdad, acabarás siendo un falso aliado.

– Falso aliado, deconstruirme…., pero… ¿de qué me estás hablando?, ¿cómo se supone qué debería desconstruirme? De veras que no entiendo nada.

– Para deconstruirte deberás grabar un video en el que manifiestes tus errores y pecados pasados, ¡abjurar de tus errores! De lo idiota que has sido, lo manipulado que estabas, y lo capullos que han sido tus padres, incluida tu madre, que es igual de culpable por haberte educado con valores machistas. Y sobre todo con lenguaje inclusivo, nada de decir todos, a partir de ahora deberás decir todes…

Amiga, de veras que cada vez entiendo menos cosas- le contesté algo aturdido al no poder digerir tan ingente cantidad de información.

– Claro que no me entiendes, ni me entenderás, eres un varón que ha pasado demasiadas horas con su abuelo.

Entonces se apoderó de mí una ira aterradora, tenía la impresión de haberse desbordado algo dentro de mí. No me ofendió que me llamaran racista, ni machista, ni asesino, eso fueron acusaciones que simplemente no entendí, pero las alusiones a mi venerable abuelo… Eso me desbordó por completo. Entonces recordé un consejo de mi abuelo, que aunque siempre fue muy comedido en su lenguaje, y templado en sus sanciones, ese día, se expresó con una claridad inusitada.

“Querido Nieto, un día esto se irá de madre, hoy ya hay cosas difíciles de comprender para el hombre honrado, pero cuando tú seas padre, en poco más de 30 años, este mundo será como una gran casa de putas, el hombre habrá terminado de agotar el escaso raciocinio que apenas conserva hoy, y los hombres honestos serán señalados como locos, y los hombres sin virtud creerán ser los Señores de la Verdad. Y tú, si sobrevives a las riadas de soberbia de tus contemporáneos, te encontrarás perdido y confuso. Dios quiera que así sea, pues significará que aun distingues entre el bien y el mal. Cuando eso ocurra, reúne a todos los que te acusan de inmoralidades políticamente correctas, a todos los Señores de la Verdad, y grítales a viva voz. ¡Me cago en vuestra puta madre! No te llenarás de razón por eso, no les convencerás, pero te hará bien, será un gran desahogo y quizás, quién sabe, tendrás a alguien a tu lado, que diga ‘¡Coño!, pero si yo pienso igual que éste’. Y entonces, quizás, solo quizás, no todo esté perdido.”

Ella seguía sermoneándome, yo hacía rato que no la escuchaba; no dejé de hacerlo por falta de respeto, simplemente ocurrió, desconecté. ¿Sería Amiga, una de las Señoras de la Verdad que predijo mi abuelo? La verdad es que, o bien lo era, o bien mi capacidad cognitiva era verdaderamente insuficiente para comprenderla, así quise pensar que se trataba de lo segundo. Amiga siempre fue en el colegio una muchacha algo especial, pero jamás la escuché hablar de ese modo, ni en esos términos, así que concluí, que si pensaba de tal manera, sería por influjo de alguna fuerza externa mas poderosa. No podía llegar a imaginar que una persona que con 11 años nutría su intelecto con la revista Super Pop y posters de Glenn Medeiros, y que de ordinario fue arrastrada por todo tipo de modas, hoy pudiera pensar con juicio independiente. Necesariamente debía ser presa de otra corriente contemporánea. La verdad es que esa reflexión me hizo seguir recordando mi infancia, y pronto concluí que el rarito era yo, pues jamás ni compré ni tuve el mas mínimo interés en ojear ninguna de aquellas revistas. Tampoco tuve el menor interés ya en la edad adolescente por comprarme ropa; solía hacerlo mi madre, y la verdad es que me era absolutamente indiferente estar o no a la moda. Supongo que mi gran fuerza externa fue mi abuelo, que me educó en el buen gusto, y, por tanto, en rechazar lo vulgar de un modo casi instintivo. Me sentí en muchas ocasiones como un loco, y en otras como el niño de la obra de Hans Christian Andersen “El Rey desnudo”, sólo que yo jamás me atreví a decir que casi la totalidad de los niños del recreo andaban en pelotas. A fin de cuentas, ¿quién era yo para robar la felicidad de quien leía Súper Pop, lucía permanentes interminables, o portaba hombreras?. Después de mi breve periodo de ensoñación, recordé que estaba al teléfono, y volví a escuchar la voz de Amiga, que seguía reprendiéndome.

Entonces decidí dar muestras de vida, pero, cuando quise hablar, el móvil se apagó.

-¡Maldita sea, ahora pensará que la colgué!.

No se si fue la Providencia, o simplemente se agotó la batería; sea como fuere, dejé de oír aquella voz. Como soy un hombre de poca fe, preferí quedar sumamente agradecido a la multinacional que programó la caducidad de mi batería. No sé qué hubiera acontecido, tampoco sé con certeza si hubiera seguido el sabio consejo de mi abuelo. No lo creo, hoy soy un hijo de mi tiempo, debidamente adoctrinado y con la colita entre las piernas, que sabe quién manda, y cuándo hay que callar; así que no, que jamás le hubiera dicho “me cago en tu puta madre”, ya que no creo que la pobre señora tenga necesariamente la culpa de que su hija apadrinara semejante carrusel de ideas. Aunque, siguiendo su propio axioma, si las madres son responsables de la educación hetero-patriarcal, por ende  las que no lo son, lo serán de la educación anti-hetero-patriarcal. Si así fuera, sí podría gritar con viva voz “¡me cago en tu puta madre!”, que a la postre es una verdad indiscutible en el decálogo feminista, siempre y cuando se trate de la madre de un (o una) disidente.

Dedicado a mi buen amigo Ignasi, condenado por la apisonadora de la ideología de género, y que escogió cumplir condena completa a reducirla a cambio de admitir una culpa que nunca tuvo. Animo compañero.

Ferran

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