
Desde el principio la Iglesia vio en Filipinas un territorio para la evangelización y un puente para introducir el cristianismo en Japón y, sobre todo, en China. Filipinas carecía de atractivos económicos para la Corona española como la falta de metales preciosos y de especias. Por eso, le costaba una continua sangría económica. Sin embargo, la labor civilizadora no fue descuidada, recayendo especialmente en las órdenes religiosas.
En 1581 llegaron a Manila los tres primeros jesuitas: el P. Superior Antonio Sedeño; el P. Alonso Sánchez, conocido por sus viajes apostólicos a tierras chinas y por sus negociaciones en Madrid y en Roma con el fin de procurar beneficios a su misión; y el coadjutor Nicolás Gallardo.
400 años más tarde, en 1981, el hecho aún era recordado en Filipinas como un gran hito de su historia.
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