Pilar Ferrer analiza en La Razón los entresijos de la caída de Mas, cuando ya todo estaba preparado para este lunes firmar el Decreto de convocatoria de elecciones.
Pujol y los duros de CDC pidieron a Mas dar «el paso a un lado»
Acorralado al máximo y abandonado hasta por los suyos, Artur Mas tuvo que dar ese «paso al lado» que reclamaban sus adversarios. La clave de su renuncia arranca el pasado jueves 7 en un despacho del Parlament de Cataluña. Tras un raquítico Pleno para elegir a los senadores autonómicos, un desesperado Artur Mas convocaba una nueva reunión para suplicar su investidura. Rodeado de los «halcones» de su partido, Josep Rull, Jordi Turull y Josep Luis Corominas, junto al cabeza de lista de «Junts pel sí», Raül Romeva, tenía enfrente a Oriol Junqueras y Marta Rovira por Esquerra Republicana. En un último esfuerzo por convencerles, Mas ofreció una grotesca patochada: compartir Gobierno en funciones con ERC hasta las elecciones del 6 de marzo. Ello agotó la paciencia de Junqueras, que consideró la propuesta un fraude democrático. Fue entonces cuando, según fuentes de los negociadores, el líder republicano le espetó un buen dardo a Mas, secundado por los convergentes: «Si no cedes, estréllate tú solo». El desencuentro fue total y los de CDC le lanzaron un ultimátum: «Hasta aquí hemos llegado».
La tensión llegó al máximo cuando los propios dirigentes de Convergència le conminaron a cambiar de actitud. Sabedor de su poder de control, Oriol Junqueras hurgó aún más en la herida: «Si no cedéis, ya no estaréis en el Gobierno», les dijo el líder de ERC a los convergentes en una clara advertencia de que, en caso de convocar nuevas elecciones, las encuestas vaticinan un buen resultado para Esquerra y el frente de izquierdas, con un derrumbe de Convergencia. «Fuera del poder estos tienen pánico y no son nadie», llegó a comentar la dirigente de la CUP Gabriela Serra antes de la reunión, para que Junqueras apretara a Mas. El guante fue recogido por Josep Rull, Jordi Turull y Corominas que intentaron disuadir a Mas. Este pidió unas horas de reflexión y, según su entorno, telefoneó a Jordi Pujol. El patriarca, salpicado por la imputación que le llevará junto a su esposa ante la Audiencia Nacional, aconsejó a Mas mantener una doble vara de poder: no apartarse del Govern, proponer a alguien del partido y «cortar cabezas» en la CUP.
Dicho y hecho. Al filo de la medianoche del viernes, en una reunión de urgencia en el Palau de La Generalitat, Artur Mas comunicó su decisión forzado por las presiones de los suyos, las amenazas de Junqueras, el consejo de Pujol y la chulería de la CUP que, en palabras de su círculo íntimo, «le sacaba de quicio». Ante la acusación de ser el responsable de encallar el «procés» ya sin remedio, optó por una nueva muestra de indignidad, algo sin precedentes. «¿Dónde se ha visto que un presidente acepte bajar a ser el número dos?», se preguntan con estupor muchos convergentes. Pero le quedaban pocas salidas, toda vez que los dirigentes de ERC se tomaron muy mal su última oferta de pedir a Junqueras que le acompañase en funciones en una lenta agonía hacia unas nuevas elecciones. Todos los negociadores en este bochornoso espectáculo coinciden: Mas es el gran perdedor con un partido hecho trizas. Oriol Junqueras el triunfador, cumplidos sus compromisos sin abrasarse. La CUP queda por los suelos con un cisma en toda regla. Y desde la barrera, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, observa con placidez cómo su figura se fortalece. El surrealismo de la política catalana ha llegado al máximo y Mas queda «a la altura del betún», dicen en sectores políticos y económicos catalanes.
Ante la negativa de Neus Munté para encabezar este sainete, Mas y el núcleo duro de Convergència pensaron en Carles Puigdemont, alcalde de Girona y presidente de la Asociación de Municipios Independientes (AMI). Un antiguo periodista militante del ala radical de Convergència, con muy buenas relaciones con Muriel Casals, presidenta de Omnium Cultural y una de las mayores activistas secesionistas. El nombre de Puigdemunt fue consensuado con ella y aceptado por la CUP, a cambio de que los diputados contrarios a la investidura de un convergente también den un paso atrás. Es decir, Mas presenta una victoria pírrica y delirante. Aparece como un mártir de la causa, se sacrifica por el «procés», alama las deserciones de los suyos y se lleva en bandeja la cabeza de algunos cuperos que le han humillado hasta la saciedad. Y por ende, mantiene el aforamiento necesario ante los sumarios judiciales que se avecinan.
Fuente La Razón: Pujol y los duros de CDC pidieron a Mas dar «el paso a un lado»
Categorías:MITES NACIONALISTES / MITOLÓGICAS

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