La Toma de Granada y la guerra de las Alpujarras


José Vicente Pascual

533 años de la Toma de Granada. Occidente es gracias a quienes no se resignaron a una península ibérica islamizada.

Nos situamos en el año 1492, en su segundo día, 2 de enero, viernes, elegido porque en viernes fue llevado Jesucristo al Gólgota. También decidieron Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Católicos Reyes, que la hora exacta de la  entrega simbólica de la ciudad, en el morabito de Alcázar Genil (hoy ermita de San Sebastián, perteneciente a la parroquia de los Padres Escolapios), se realizase a las tres en punto de la tarde, hora en que según las versiones populares de las Sagradas Escrituras falleció el Hijo de Dios. A tal hora pues, en tal día y con tales ritualidades simbólicas cumplidas, el último reducto del Islam en Europa, Granada, fue entregado a la autoridad incontestable de los monarcas cristianos.

No se trataba de una rendición, ni de una conquista tras la batalla, sino de una entrega pactada que culminó varias décadas de guerras y hostilidades entre ambos bandos, contienda que el último rey musulmán de Granada, Abú Abd Alá Boabdil —llamado por los suyos El Zogoibi, El Desventurado—, sabía perdida desde mucho tiempo atrás. Aunque ha habido diversas interpretaciones cargadas de intención ideológica al respecto, los hechos que contempla la historia son rotundos sobre esta cuestión. Un mes antes de la entrega de la ciudad a los Católicos Reyes, la diplomacia de Boabdil y las familias más poderosas del Antiguo Reino nazarí convinieron con el bando cristiano, en Las Capitulaciones de Santa Fe, los términos concretos, acuerdos y detalladas condiciones bajo las cuales sería entregada la ciudad. Dichas Capitulaciones, sobre el papel, son en extremo ventajosas para quienes han perdido una guerra y por única alternativa deben entregar su hacienda y destino a quien no sólo es enemigo en el campo de batalla sino que, además, representa los valores de una civilización por completo opuesta a la derrotada y una forma por completo distinta de entender la convivencia, la cultura, la lengua, la moralidad, la ley, la estética, la religión y en definitiva todos y cada uno de los elementos que señalan como propios y reconocibles los aspectos del vivir cotidiano, desde los más públicos a aquellos que pertenecen a la estricta intimidad de las personas. Todo aquello supuso una conmoción apocalíptica para los habitantes del reino nazarita de Granada, fundado dos siglos y medio antes por Abu Abd Allah Muhammad Ibn Yusuf Ibn Nasr, el Rojo. Un mundo terminaba y uno nuevo, en esencia diferente y probablemente hostil, comenzaba.

Las negociaciones que acordaban el fin de los combates y la entrega pactada resultaron frenéticas, y hasta el mismo día 2 de enero de 1492, en las cuestas que conducen a la Alhambra, las tropas del Conde de Tendilla, futuro nuevo alcaide de la fortaleza, los alfaquíes y nobles musulmanes estipulaban la manera y forma en que se cedería el paso a las tropas cristianas. Hay en Las Capitulaciones de Santa Fe, sin embargo, un alto sentido de la responsabilidad histórica que señala a su vez el espíritu renacentista y humanista de los Reyes Católicos, en especial de Fernando de Aragón, a quien, como todo el mundo sabe, Nicolás Maquiavelo, en su celebérrimo El Príncipe, tomó de ejemplo y paradigma sobre lo que debía ser un moderno soberano. En el texto legal de las Capitulaciones se establece sin reserva que los habitantes musulmanes de Granada podían seguir practicando su religión, acogerse a sus tradiciones e impartir justicia en el ámbito de lo privado, conforme a la costumbre nazarí, sin que por causa de ello pudiesen ser “molestados” de ninguna guisa. Se reconoce también el derecho a usar la lengua y escritura propias de aquella cultura en los tratos que tuvieran entre ellos, a ejercer los oficios precisos a su mantenencia, poseer tierras y sirvientes y, en definitiva, toda una serie de garantías legales que, contempladas en su conjunto y salvando algunas lógicas distancias, definen un marco de convivencia muy parecido a lo que hoy llamamos “multiculturalidad”, de respeto a las convicciones, cosmogonía y raigambre cultural de cada hijo de vecino y estando todos sometidos exclusivamente al imperio de la ley.

Campesinos moriscos

Las Capitulaciones de Santa Fe no se cumplieron. Por palabras y hechos del omnímodo cardenal Cisneros, regente de Castilla, desde muy pronto la autoridad cristiana manifestó sus escasas intenciones de mantener la palabra escrita, rubricada y empeñada ante el ya extinto poder nazarita. Aunque de no haber sido Cisneros protagonista de la controversia, este adeudo histórico habría recaído en cualquier otro jerarca cristiano. Ante el pulso de la Historia no caben buenas intenciones. Temprano se planteó la contradicción irresoluble, al menos en aquellos tiempos, entre el derecho de los hombres y el deber ser conforme a los Evangelios y los mandamientos de la Iglesia, es decir, el derecho divino, prevaleciendo siempre este último sobre el primero. A los nuevos dueños del Antiguo Reino, que a sí mismos se denominaban “cristianos viejos” para distinguirse de los “nuevos”, es decir, los recién conversos y bautizados, les repugnaba la idea de que su religión, practicada públicamente y con toda pompa, conviviera con la fe islámica, culto que seguía manteniéndose en privado, “de puertas para adentro”, por los antiguos moradores de la ciudad. La religión, la lengua, la vestimenta, las costumbres… Todo se volvió motivo de encono y discrepancia. Los gobernantes cristianos, por otra parte, sabían que los alfaquíes musulmanes habían autorizado la práctica de la taquiya, esto es, la conversión pública al cristianismo en tanto se preservase en la intimidad de sus hogares la fe y liturgia coránicas. El viejo dicho castellano de “Si las paredes hablasen…”, tiene aquí completa y cabal explicación en su más arcano significado. Y aún otro elemento turbador avivaría mucho el malestar del poder cristiano contra sus nuevos vecinos musulmanes, casi todos ellos convertidos falazmente al cristianismo: la urbanización de la ciudad.

No crea el lector que los asuntos urbanísticos son exclusivos de nuestro tiempo, pues ya en el siglo XV era motivo de graves desacuerdos. El trazado orgánico, sinuoso, incomprensible para los cristianos de populosos barrios como el Albaycín o el Mauror, planteó el problema inmediatamente. La disposición urbanística de estos enclaves desazonaba e inquietaba mucho a los mandatarios cristianos. Les resultaba imposible congraciarse o al menos reconciliarse con un concepto de ciudad tan distinto al de su soñada Cristianópolis, donde el ordenamiento de calles era rectilíneo, simétrico, confluyendo ordenadamente unas en otras, y todas, a su vez,  en las arterias principales de la urbe, despejadas y suficientemente anchas con el fin de que por ellas transcurriesen con todo su esplendor las procesiones religiosas. En Granada, hoy, se mantiene el locativo de “Ancha de…” (Santo Domingo, Gracia, por ejemplo), para referirse a algunas calles, las cuales se hicieron anchas y tuvieron su origen en la demolición de manzanas enteras de edificios nazaríes con objeto de que la procesión del Corpus Chistri hiciera su completo trayecto sin mayores complicaciones ni obstáculos arquitectónicos. Es de suponer que, igualmente, la caótica geografía urbana del Albaycín, donde las calles estrechas, cerradas con portones una de otras, y las tapias que ocultan la vida hacia adentro son norma estructural del laberinto, representara para el buen gobierno cristiano una permanente amenaza, la presunción de que al otro lado de aquellas tapias, que todo lo encubrían, no sólo se rezaba al dios del Corán sino que se conspiraba contra la corona de Castilla.

Retrato del Cardenal Cisneros en el Paraninfo de San Bernardo de la Universidad Complutense de Madrid

Estas fueron, por así decirlo, las desavenencias originadas por el encontronazo de culturas, una de las cuales era vencedora y, por tanto, no podía admitir que se socavara su autoridad en el más mínimo detalle. Aunque hubo otras causas de litigio con menos empaque retórico aunque mucho más decisivas, y todas ellas iban a centrarse y confluir en un distingo tan humano como es la avaricia. En efecto, ya bajo el reinado de Carlos I se crea en Granada la Real Chancillería, segunda de España después de la de Valladolid, sede del poder civil y de la hacienda pública. Uno de sus principales cometidos durante la primera mitad del siglo XVI fue normalizar el pago de censos, tributos, fardes y habices por parte de los “cristianos nuevos”, comúnmente llamados moriscos, los cuales, es de señalar, desde el primer momento denominaron Casa de Malaventura a la Real Chancillería. La manera de proceder en estos asuntos fue verdaderamente llamativa. La Chancillería de Valladolid desplazó a Granada a un plenipotenciario, censor de cuentas y recaudador de origen italiano cuyo nombre ha transcendido como Morenti, el cual, instalado primero en Granada y más tarde en el núcleo principal del altiplano, Baza, enviaba a sus delegados de visita inspeccionaria a las haciendas de los moriscos, exigiéndoles la presentación de títulos de propiedad sobre la tierra. Como quiera que aquellos predios pertenecían a las familias moriscas desde tiempo inmemorial —posiblemente desde siglos antes de que Don Rodrigo fuese vencido por Tarik en La Janda, por tanto mucho antes de que comenzase la invasión islámica de la España visigoda—, la exhibición de tales documentos u otras pruebas que acreditasen el derecho, aparte la simple posesión, era por completo imposible. El problema solía zanjarse mediante la incautación en nombre de la corona, o bien gravando los terrenos con impuestos tan abusivos que el resultado era matemáticamente el mismo: pérdida de la propiedad y entrega de la misma a familias de “cristianos viejos” dispuestas a explotar la regalía. Esta situación se mantuvo durante casi un siglo, centuria en la que aparte de innumerables tierras legadas por sus antepasados los moriscos perdieron el derecho a practicar su religión, lengua y costumbres.

Como consecuencia de todo ello, o quizás tomándolo como excusa, ya que seguimos hablando de la lucha por prevalecer, por  sobrevivir e imponerse una civilización a otra, el día de navidad de 1568 estalló la guerra civil en el Antiguo Reino. Un noble morisco, caballero veinticuatro, o sea, concejal del cabildo de Granada, don Hernando de Válor, alzó la bandera verde del Islam y convocó a la guerra santa contra los cristianos. Sus seguidores lo proclamaron rey con el nombre de Muley Muhammad Abén Humeya, reivindicando con dicho título la legitimidad histórica del levantisco, quien públicamente declaraba su pertenencia a la legendaria estirpe de los Omeyas cordobeses. Adoptó asimismo el lema tradicional de la dinastía nasrí, Sólo Dios es vencedor, palabras que lucían en todos sus estandartes de campaña y que, por cierto, hoy día sigue siendo invocación ritual a la que se acude en cualquier país musulmán cuando se vislumbra el frecuente recurso de la guerra. No fue aquel un acto irreflexivo, ni temerario, ni precipitado.

Desde al menos dos años antes de la sublevación, Hernando de Válor y sus consejeros, valedores y conspiradores en general habían mantenido contactos con el sultán de Constantinopla, el poderoso soberano de la Divina Puerta, Selim II, reclamándole ayuda, tropas, barcos y toda clase de efectos para la contienda que tenían planeado emprender contra el dominio cristiano. El Gran Turco no desatendió, o al menos no se negó inicialmente a estas pretensiones, pues ya iniciada la beligerancia, en la primavera de 1569, las tropas del marqués de Los Vélez interceptaron a emisarios que acudían desde la costa granadina con correspondencia diplomática protocolizada por funcionarios de Selim II, y poco después dos naves otomanas, con sendas compañías de jenízaros a bordo, desembarcaron en las inmediaciones de Castel de Ferro, en la costa granadina, haciéndose fuertes en Purchena, localidad de la Alpujarra almeriense donde Abén Humeya instaló su corte y centro de operaciones.

Por qué la ayuda de Selim II a la causa de los moriscos granadinos se redujo a aquellas escasas tropas y se mantuvo tan parca hasta el fin de la guerra civil, es algo que aún no parece suficientemente explicado. Puede que la causa estuviera en la necesidad del sultán de dirigir medios y mantener activas sus tropas en otros frentes del imperio osmanlí, para él mucho más importantes; o acaso actuaran con más eficiencia de lo que suponemos la diplomacia y los servicios secretos de Felipe II en Constantinopla, muy activos en la época, de cuya diligencia deja constancia el prolijo epistolario entre la corte española y acuciosos agentes como Juan de Rocafull y Juan Idiáñez. Fuera como fuese, Selim II decidió que la guerra de Granada no era ocasión ni ámbito para una lucha abierta y frontal contra las potencias occidentales, y su apoyo a la causa de Abén Humeya quedó por tanto reducida a lo meramente simbólico. No sabemos qué destino habría sido el del rey sublevado ni las condiciones geoestratégicas surgidas en el sur de Europa tras una improbable, pero desde luego no imposible, victoria de los rebeldes ante la corona española y aliados con los ejércitos otomanos. Pero sí conocemos cómo empezó y de qué forma acabó aquella aventura.

El día de navidad de 1568, las huestes de Abén Humeya subieron al Albaycín reclamando el apoyo de sus vecinos para luchar contra el poder imperial. Clamaban los títulos familiares más sonoros y venerados de la  dinastía nazarí, llamaban al combate en nombre de Yusuf Ibn Nasr al Hamar, de Muley Hacem, del gran Abu al Yahya Yusuf ben Ahmad… Pero los habitantes del Albaycín desoyeron el reclamo y se negaron a participar en una contienda que preveían larga y cruel —como así fue—, y con pocas posibilidades de éxito. Los insurrectos, a la caída de la tarde, rendidos a la evidencia de su escasa popularidad, se replegaron hacia algunas localidades de la Vega ocupadas por “cristianos viejos”. Las tropelías cometidas fueron espeluznantes, se trataba de una guerra civil, de una lucha implacable y sin piedad por recuperar el Antiguo Reino, aplastar a los cristianos y reinstaurar la fe islámica de sus ancestros. Todas las iglesias cristianas fueron arrasadas, los párrocos rurales empalados o quemados vivos, la población acuchillada, los plantíos incendiados y las haciendas saqueadas. La carnicería duró casi una semana, y durante ese tiempo llegó a la ciudad el terrible hedor de la muerte y la carne quemada. Pero los combatientes de Abén Humeya no podían mantener por mucho tiempo su posición en la Vega granadina. En cuanto las tropas cristianas, comandadas por el conde de Tendilla y el duque de Sesa, se reorganizaron tras la sorpresa de la sublevación y estuvieron en condiciones de contraatacar, los moriscos afectos a la causa de Abén Humeya huyeron hacia lugares más seguros, ocupando amplias zonas de las Alpujarras, Guadix y Baza, espacios conectados por el montañoso y muy abrupto puerto de La Ragua, el cual suele ser intransitable en invierno y, por ello mismo, fue usado con no poco esfuerzo por los rebeldes para escabullirse de los ejércitos cristianos y tomar resguardo en asentamientos fácilmente defendibles. La extrema crueldad de aquella guerra quedó manifestada en algunos hechos terribles que denotarían las trazas aniquiladoras de la confrontación. Valga como ejemplo el sanguinario gesto de Pedro de Deza, a la sazón presidente de la Real Chancillería, un personaje cuyo sólo nombre causaba escalofríos de muerte a los moriscos de Granada. Los habitantes del Albaycín, “cristianos nuevos”, nada más producirse el levantamiento de Abén Humeya acudieron a la Chancillería, representados por veintidós patriarcas, para asegurar a Pedro de Deza que nada tenían que ver ellos con la conspiración, jurándole acatamiento y completa obediencia a la autoridad de la corona. Pedro de Deza los tranquilizó, les hizo saber que si se mantenían a sosiego en sus hogares no debían temer ningún mal, los acompañó hasta las mismas puertas del palacio de justicia… y ordenó inmediatamente que aquellos veintidós patriarcas moriscos fuesen decapitados, así como sus familias, amigos, sirvientes y quienes hubieran tenido tratos comerciales con ellos. Así las gastaban unos y otros, lo que por otra parte era sabido en la corte real.

Felipe II, previendo que sin la intervención de la corona aquella guerra se prolongaría en un inútil y copioso derramamiento de sangre, dispuso que sus propios ejércitos, bajo el mando de Juan de Austria, acudiesen al Antiguo Reino para fulminar a los sublevados. Esta decisión no fue bien acogida por la nobleza granadina, pues recelaban que el dictado del rey escondiera una profunda desconfianza en su capacidad para gobernar el dominio y hacer frente a la situación con la debida solvencia. Por tal causa, en el mes de marzo se desplazó al interior de la península el conde de Tendilla, con intenciones de entrevistarse con Felipe II y convencerle de que la ayuda de las fuerzas imperiales no era necesaria. Aprovechando la ausencia del todopoderoso Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, los cristianos más fanáticos e intransigentes de Granada organizaron una saca de presos moriscos. La noche del 12 al 13 de marzo acudieron a la Real Chancillería, donde permanecían encarcelados más de dos  mil detenidos por apoyar la rebelión. Su destino no podía ser otro que el rabioso linchamiento. Los fueron desalojando y degollando ante los solemnes muros de la Casa de la Malaventura, en la rivera del río Darro, el cual ese día y por muchos otros mezcló el característico tinte rojo de la colina de la Sabika con el rojo de la sangre de los supliciados. Sus cadáveres ardieron durante semanas a las afueras de la ciudad, en el pequeño herbazal que hoy es la Plaza de Gracia. El olor a chamusquina cayó de nuevo sobre Granada, pestilencia que debió de llegar a sus habitantes y a algunos aterrorizaba y a otros los consolaba con el “calmante aroma del holocausto”. Por su parte, los moriscos sublevados en las Alpujarras cometieron espeluznantes atrocidades en muchos lugares, quedando memoria documental de actos crudelísmos en Órgiva, Cádiar, Ugíjar y Murtas… En esta última localidad, tras torturar y despellejar vivo al cura párroco y degollar a sus adjuntos vicarios, encerraron a unos ochenta cristianos en la iglesia, atrancaron las puertas e incendiaron el edificio, celebrando aquellos fuegos hasta que sólo quedaron cenizas del edificio y de los asesinados.

En el mes de abril de 1569 llegaron a Granada las tropas de Felipe II. La suerte de la guerra, desde ese momento, estaba decidida. No hablamos de un ejército al uso, uno de tantos, sino de la maquinaria bélica más poderosa que hasta ese momento había conocido la humanidad. Imagine el lector que, en la actualidad, los Estados Unidos invadiesen Haití; esa era la relación de fuerzas aproximadamente. Los ejércitos de Felipe II, formados por curtidos profesionales, venían de combatir en toda Europa, y en todas partes habían destripado al enemigo. Francia, Flandes, Alemania, Italia, Orán, Grecia… Cada país guarda páginas de su historia para recordar y, razonablemente, temer la fiereza de aquella milicia implacable, compuesta por veteranos castellanos, aragoneses, vascones y eslavos, portugueses y catalanes, herederos estos últimos del ardor belicoso de los famosos almogávares. Todos los pueblos guerreros de la indómita Iberia se alistaron en aquella cruzada, en alianza con despiadados mercenarios suizos, austriacos, belgas y albaneses —balcánicos en su mayoría, supervivientes y avezados en la guerra contra los turcos—; todos ellos nutrían una hueste que siempre iba al combate animada por la presunción de invencibilidad y siempre dejaba tras su paso montañas de cadáveres, ciudades asoladas y campos encharcados de sangre.

Juan de Austria no se tomó mucha prisa en derrotar a los levantiscos, ni falta que le hacía. Aguardó a que el desánimo entre los sublevados y la falta de provisiones hiciesen su trabajo. También confiaba, con toda razón, en las disensiones internas de los rebeldes. No tuvo que esperar mucho tiempo para conocer la noticia del asesinato de Abén Humeya, a quien sucedió en el trono su pariente Abenabo, el cual accedió a su frágil reinado con el único propósito de negociar aceptables términos de rendición. Mas era ya tarde para la causa de los moriscos rebeldes, incluso para pactar armisticio. Las deserciones se producían en masa, los combatientes abandonaban sus refugios en el altiplano oriental y las Alpujarras para entregarse a los soldados imperiales con esperanza de recibir un trato más o menos compasivo. Los hombres de Juan de Austria, por su parte, parecían más ocupados en rapiñar y saquear que en derrotar a un enemigo ya vencido. Pueblos y barrios enteros, incluido el Albaycín, fueron desvalijados, y muchos de sus habitantes reducidos a la esclavitud para ser vendidos en tierras de Castilla, la baja Andalucía o Levante. Fue aquella la granjería con que las tropas imperiales compensaban y cobraban su participación en la guerra granadina. El balance resultó de innumerables muertos entre ambos bandos, bien en el campo de batalla o ajusticiados, y unos cuarenta mil moriscos sometidos al destierro o la esclavitud. A partir de ese momento, la vida de los moriscos granadinos —los que sobrevivieron a la guerra y pudieron mantenerse en sus ciudades de origen—, se convirtió en un devenir azaroso, sometidos a la benevolencia de quienes los apreciaban como buenos artesanos y huertanos, siempre bajo amenaza de ser acusados de traición, prácticas religiosas nefandas o cualquier otro delito que discurrieran sus enemigos delatores. Los moriscos aceptaron aquella situación como último remedio, mal menor para una cultura y una sociedad que, sospechaban fundadamente, estaba condenada a extinguirse.



Categorías:CULTURA, HISTORIA

2 respuestas

  1. Aben Humeya, que efectivamente fue entronizado como emir con el ceremonial musulmán, fue asesinado por su guardia turca.

    No hay que olvidar que estamos en plena guerra entre el imperio turco y los países cristianos. Los turcos atacaban las ciudades cristianas y se llevaban a sus habitantes para venderlos como esclavos (el Islam es una civilización esclavista).Esto pasaría en Menorca y en 1480 pasó en Otranto, ciudad italiana perteneciente al reino de Nápoles del que los Reyes Católicos eran reyes.

    En concreto 800 cristianos fueron degoyados por no convertirse al islam.

    En el reino de Granada, donde gracias a las Capitulaciones de Santa Fe había tantos musulmanes, estos eran una quinta columna del Imperio Otomano.

    Esa es la razón del levantamiento y de por qué fue tan sangriento:

    los agentes turcos que instigaron el levantamiento y la creencia de que los turcos les liberarian de los castellanos.

    Y esa fue la razón de las medidas asimilarorias. No es exactamente una cosa religiosa y de libertades, sino política y de seguridad.

    Las Capitulaciones de Santa Fe fueron la plantilla que se utilizó en América para tratar con las poblaciones indígenas y su relación con la Corona española tras los pactos de defensa mutua y reconocimiento del Rey de Castilla como su señor natural.

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  2. Es extraño que este texto tan parcial sea publicado por Somatemps.

    No tengo tiempo para comentarlo, porque no tiene desperdicio, pero para muestra, un botón :

    «En Granada, hoy, se mantiene el locativo de “Ancha de…” (Santo Domingo, Gracia, por ejemplo), para referirse a algunas calles, las cuales se hicieron anchas y tuvieron su origen en la demolición de manzanas enteras de edificios nazaríes con objeto de que la procesión del Corpus Chistri hiciera su completo trayecto sin mayores complicaciones ni obstáculos arquitectónicos»

    Eso es totalmente ridículo.

    Es cierto que la urbanización musulmana es diferente a la cristiana, porque la urbanización se basa en el modo de vivir de las personas y sus necesidades y unas y otras están muy influenciadas por la religión musulmana

    La sociedad musulmana es una sociedad tribal que da una relevancia muy fuerte a la familia. Las casas musulmanas son muy grandes, donde viven varias generaciones y ramas de la familia, hay poligamia, hay una parte pública y otra parte privada (haram) y la casa se aísla del exterior…Las ciudades musulmanas, por ejemplo no tienen plazas, salvo una explanada fuera de las murallas.

    Naturalmente cuando se conquistó Granada, se quiso nacer de ella una ciudad digna capital del reino recién conquistado . Y naturalmente se adaptaria el urbanismo a las necesidades municipales de representación. No en vano Isabel la Católica decide ser enterrada en Granada y Carlos I (V) decide hacer de la catedral un panteón para la nueva dinastía.

    Cuando hay una calle que se llama «calle ancha de San Bernardo» (como hay en Madrid) es para diferenciarlos de otra calle que también se llama «San Bernardo «. No es para hacer ningún paso para las procesiones del Corpus (???) o de ningún santo.

    También podría ser que la continuación de una calle se hiciese por motivos urbanísticos y a una calle normal se le quisiera ampliar con una calle más ancha.

    No es sólo que los cristianos viven de otra manera; es que vienen de Italia nuevas modas en cuanto a edificación, decoración y urbanismo.

    Hoy nos parecerá extraño, pero los Reyes Católicos, por ejemplo, promueven el plantar alamedas donde puedan pasear el pueblo y sirvan de adorno a la ciudad.

    Naturalmente cuando se conquista una ciudad, hay que asegurarse que la población vencida no ocupa zonas de importancia militar; en Granada es la Alhambra (que no pudieron tomar los rebeldes moriscos y que con ello sellaron su suerte).

    Por cierto que son estas ideas renacimentales sobre lo que ha de ser una ciudad y la experiencia real del campamento castellano en la guerra de Granada (Santa Fe) lo que daría la pauta para el trazado de las ciudades en la América española.

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