
La insistencia machacona de los medios del régimen en proclamar “lo ajustado” de las encuestas previas a las urnas ya daba que pensar. Las encuestas electorales en USA son como las del CIS en España: muy poquito creíbles. Si Kamala hubiese tenido ligerísima ventaja en intención de voto, las empresas privadas encargadas de los sondeos le habrían dado una ventaja mayúscula, a título propagandístico. No hablemos ya del desmelene de los medios abrevados al globalismo en España. Movistar ha manejado —y manipulado— un canal temático en su plataforma de televisión, dedicado 24/7 a las elecciones en USA. Anoche emitieron la película “Guerra civil”, para los buenos entendedores; algo del todo absurdo porque ya me dirá usted qué demonios va a influir una tele española en las elecciones americanas, pero en fin, ellos a lo suyo por si acaso.
Se veía venir. Se quejan ahora los medios progres de que ha fallado el voto de “los colectivos”: las mujeres, el voto latino, el voto joven. ¿A esta gente quién le ha dicho que las sociedades modernas están integradas por “colectivos”? Desde que en 2019, en París, un conductor de Uber marroquí y más francés que Juana de Arco me dijo que el problema de Francia era que había “muchos moros” y que él votaba a la señora Le Pen porque “de mi trabajo no se aprovecha nadie”, comprendí que ese invento de los colectivos es una tarea ideológica de la izquierda revirada pero no una realidad social. La sociedad no son colectivos, son ciudadanos y cada uno de su casa, con sus problemas y afanes. Por eso las mujeres latinas han votado a Trump mayoritariamente. Por eso los jóvenes hispanos de segunda y tercera generación han votado a Trump mayoritariamente, porque primero van los intereses vitales de cada cual y después los discursos, el buenismo, el proteccionismo moral y demás zarandajas propias de la religión woke. Encima, y a mayor profundidad en la debacle del progrerío, la candidata demócrata era una señora florero en tiempos de Biden, una inútil de etnia inconclusa muy preocupada por el derecho al aborto, los derechos lgtbi y demás sacramentos de la modernidad ilustrada; una arribista de cuota muy mal vista incluso por los suyos en el partido demócrata, por pija y por cursi —y por inútil—. Un bordado de primores para limpiar una casa inundada.
Con esas mimbres querían tejer el cesto. Y como casi todo les sale mal, esta no iba a ser la excepción. Desde luego que se veía venir.
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«¡Qué mala, Kamala!» (2024). A ritmo de salsa. Ja, ja, ja.
https://www.youtube.com/watch?v=AtWVzCLkH9I
Es un «cover» de «Juliana» (1997) de DLG.
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