Hablar hoy en día de Cataluña es, por desgracia, hablar de nacionalismo. Y hablar de nacionalismo catalán es hablar de manipulación, adoctrinamiento y propaganda. Hablar de nacionalismo es hablar de sentimientos y no de razón, porque no existen argumentos históricos, económicos y sociales objetivos que puedan apuntalar esta ideología. Hablar de nacionalismo es hablar de aquellos que han tomado la autoridad como verdad en vez de la verdad como autoridad. Hablar de nacionalismo es hablar de aquellos que quieren imponer la razón de la fuerza en lugar de la fuerza de la razón. En definitiva, hablar de nacionalismo en Cataluña es hablar de graves carencias en la calidad democrática.
Y hablar de nacionalismo catalán es hablar de manipulación, adoctrinamiento y propaganda
Pero, ¿qué representa en la Europa de hoy el nacionalismo? Representa una ideología insolidaria que pone a una determinada nación como el único referente identitario dentro de una comunidad política y que afirma que la nación es la única base legítima para el Estado y postula que cada nación debe formar su propio Estado, y que las fronteras del Estado deben coincidir con las de la nación. Las acciones sociales y políticas del nacionalismo se esfuerzan en crear o sustentar una idea de nación basada en un concepto, muchas veces ilusorio, de identidad ‘experimentado’ colectivamente por miembros de una sociedad o un territorio en particular, y con el objetivo de lograr las reclamaciones territoriales y nacionales que pretenden con tanto ahínco, un proceso que se percibe perfectamente en la Cataluña actual.
Las acciones sociales y políticas del nacionalismo se esfuerzan en crear o sustentar una idea de nación basada en un concepto, muchas veces ilusorio, de identidad
En Cataluña, el nacionalismo se vende como participativo, democrático, pacífico, plural, no partidista… se manifiesta como la expresión de un pueblo colonizado y oprimido que busca su añorada libertad nacional. Pero todo ello no son sino imposturas que debemos dejar al descubierto y denunciar enérgicamente puesto que el sesgado nacionalismo catalán es de carácter fuertemente identitario, reduccionista, manipulador, clientelista, xenófobo, supremacista y excluyente; y además muestra peligrosamente la cara más burda de los regímenes totalitarios que tantos horrores trajeron a la Europa de nuestros abuelos. Incluso Felipe González, en su reciente ‘Carta a los catalanes’, afirmaba sobre el proceso secesionista catalán que “es lo más parecido a la aventura alemana o italiana de los años treinta del siglo pasado”. De nada sirve que destacados líderes internacionales como Obama o Cameron afirmen que lo mejor para Cataluña es permanecer en España y por ende en Europa, o que varios comisarios europeos afirmen públicamente que una Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión Europea y del euro, o nos adviertan del riesgo de corralito; al separatismo no le importa, niegan la evidencia porque lo único que quieren es la independencia aunque suponga el ostracismo internacional, la quiebra económica y con ella la desaparición efectiva de los derechos con que nuestro actual Estado social protege a la ciudadanía.
el sesgado nacionalismo catalán es de carácter fuertemente identitario, reduccionista, manipulador, clientelista, xenófobo, supremacista y excluyente
En Cataluña, el nacionalismo ha conseguido que la sociedad civil haya sido suplantada por una tosca pancracia -concepto acuñado por el poeta Jesús Lizano- formada por el poder político de carácter secesionista y sus extensiones asamblearias y asociativas subvencionadas, que han parecido gobernar de facto en nombre de Artur Mas durante estos dos últimos años, ese presidente autonómico insumiso que se ha creído legitimado por “la voluntad de un pueblo” –ergo la gran impostura separatista, hacer creer al mundo que todo el pueblo catalán es nacionalista- a saltarse las leyes y a romper la ejemplar convivencia de los catalanes entre sí y de éstos con el resto de los españoles.
En el centro del pensamiento nacionalista siempre tiene que haber un enemigo exterior al cual poder culpar de sus carencias y de sus errores
En el centro del pensamiento nacionalista siempre tiene que haber un enemigo exterior al cual poder culpar de sus carencias y de sus errores, y al cual dirigir su odio al tiempo que camufla con ello sus propias miserias. Charles De Gaulle, uno de los políticos clave en la construcción de la Unión Europea, acertadamente afirmó que “patriotismo es cuando el amor por tu propio pueblo es lo primero; nacionalismo, cuando el odio por los demás es lo primero”. Por ello, una de las mentiras más indignas de los nacionalistas es tratar de hacernos creer que los catalanes somos odiados por los españoles, esa “raza invasora y colona”, como se esfuerza la maquinaria del régimen secesionista en calificarlos, sin tener en cuenta que somos parte de España y que hay muchos lazos afectivos y económicos que nos unen con el resto de españoles. Prueba de ello es la gran cantidad de españoles del resto de España –Murcia, Extremadura, Andalucía, Galicia, Aragón, etc.- que vinieron a nuestra tierra a trabajar y decidieron echar raíces y tener aquí a sus hijos y pasar a formar parte de una sociedad ejemplar, culta, avanzada, respetuosa y con los pies en el suelo, sociedad que ahora se tambalea a causa del pulso separatista.
una de las mentiras más indignas de los nacionalistas es tratar de hacernos creer que los catalanes somos odiados por los españoles
La comunidad autónoma catalana no puede decidir unilateralmente separarse de España básicamente por dos motivos: a) legalmente porque el Gobierno y el Parlamento de Cataluña no tienen competencias para decidir sobre la ruptura de la integridad del territorio nacional; b) éticamente porque se ha sufrido un adoctrinamiento en las escuelas a lo largo de tres décadas y una manipulación mediática continuada, haciendo decantar artificialmente a una parte de los ciudadanos de Cataluña hacia una opción determinada: la secesionista; en definitiva, porque no hay pluralidad informativa en los medios públicos catalanes -en cuyo libro de estilo la palabra ‘pluralidad’ ha sido sustituida por el oxímoron ‘pensamiento único’- ni tampoco en los medios privados subvencionados -que se han convertido en voceros del gobierno separatista del presidente Mas-, y todo ello no es casual, ya estaba meticulosamente previsto en el plan nacionalizador del expresidente Jordi Pujol aparecido en 1990 en los periódicos catalanes de mayor tirada, plan que se ha ejecutado milimétricamente y que, como pretendía, ha inoculado el virus separatista en todos los ámbitos de la sociedad, desde la educación, la comunicación y la cultura hasta la empresa, el tejido asociativo y los colegios profesionales.
La desoladora realidad es que los ciudadanos que viven en Cataluña han visto como paulatinamente se han ido dañando sus relaciones de amistad, de familia, de pareja, de trabajo, por culpa de este incierto viaje hacia una Arcadia imposible
La desoladora realidad es que los ciudadanos que viven en Cataluña han visto como paulatinamente se han ido dañando sus relaciones de amistad, de familia, de pareja, de trabajo, por culpa de este incierto viaje hacia una Arcadia imposible que unos pocos llaman “la nación catalana”, viaje en cuyas alforjas no encontramos respeto alguno hacia la legalidad vigente y donde se ataca continuamente la ejemplar transición española y la consensuada Constitución de 1978, mientras la situación de crisis económica y social se agrava un día tras otro en nuestra región. Cicerón ya nos advirtió que “el buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes”. Y los catalanes, como somos diligentes ciudadanos, no vamos a permitir que esto suceda, de la única manera posible en democracia: votando en las próximas elecciones autonómicas para acabar con la tiranía de este sentimiento irracional que nos quieren imponer desde el separatismo que desde hace tres décadas se ha instalado en las instituciones catalanas con diferentes colores políticos y que ahora se ha quitado la careta y se presenta como lista única con un solo objetivo: la secesión. Estoy convencido que este Grand Guignol en que el nacionalismo secesionista ha querido convertir Cataluña tiene los días contados a pesar de las continuas peroratas del presidente Mas, coreadas por sus adláteres y sus voceros subvencionados, porque como escribió La Bruyère, “es una gran miseria el no tener suficiente espíritu para hablar con propiedad, pero es una mayor miseria el no poseer suficiente juicio para saber callar a tiempo”.
Pau Guix es licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona. Es autor, productor y director de escena, especializado en el mundo de la ópera, el teatro y el audiovisual.
Categorías:POLÍTICA

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