«¿Espanyaensroba?» – El arancel catalán – Antecedentes (II)


 

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Estanislao Figueras

El “arancel Figuerola”, (creador de la peseta), abolió las prohibiciones de importación y estableció unos derechos de aduana que se rebajarían hasta un máximo de un 15%, con reducciones graduales desde su nivel actual (Base 5ª), que comenzarían en 1876. Los fabricantes catalanes protestaron diciendo que sus industrias iban a la ruina. Desde la pérdida de las colonias americanas en el continente, se habían enriquecido dentro de un cerrado mercado nacional que incluía a Cuba, Puerto Rico y las islas Filipinas. Habían procurado influir sobre el gobierno central para asegurarse su protección y habían luchado con éxito contra el peligro; la imposición de aranceles más bajos en la década de 1840. Tras el arancel Figuerola, un número creciente de ellos comenzó a considerar las ventajas de la autonomía local. La proclamación de la República en febrero de 1873 fortaleció la oposición contra el poder central en Cataluña y otras regiones. El primer jefe de gobierno republicano, Estanislao Figueras y Moragas (1819-1882), federalista catalán, evitó con grandes dificultades que los gobernantes locales declararan a Cataluña Estado independiente dentro de una confederación republicana. Instó a los líderes locales a que esperaran la convocatoria de una Cortes constituyentes. No pudo ser. Se reemplazó a Figueras por Francisco Pi y Margall (1824-1901).

Desde la pérdida de las colonias americanas en el continente, se habían enriquecido dentro de un cerrado mercado nacional que incluía a Cuba, Puerto Rico y las islas Filipinas.

Anécdota: En una reunión del Consejo de Ministros celebrada el 9 de junio de 1873 y después de numerosas discusiones sin llegar a ningún acuerdo para superar la crisis institucional que atravesaba el país y que le había llevado a sufrir varias crisis de gobierno y numerosos intentos de golpe de estado en menos de cinco meses, al parecer, Figueras había agotado su paciencia y, en un momento de la sesión, el presidente exclamó “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros” (sic). Acto seguido, abandonó la sala, cogió un tren y se dirigió a Francia.

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Práxedes Mateo Sagasta

La mayor industria catalana era el tejido. Los fabricantes catalanes, atemorizados por la perspectiva del arancel de libre comercio de 1869, que entraría en vigor en 1876, se encontraban entre los partidarios de la restauración borbónica. A cambio, el nuevo gobierno pospuso la introducción del arancel, pero sin rescindirlo. Cuando Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903) intentó aplicar el arancel en los años ochenta, Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) salió en ayuda de los fabricantes, que eran, después de todo, miembros importantes del sistema. En 1891, hizo adoptar un arancel proteccionista y desde entonces la manufactura textil catalana avanzó rápidamente. Pero la independencia de Cuba supuso un duro golpe para la industria del algodón, que perdió no solo un mercado mayor que el que tenía en España, sino a su proveedor principal de materia prima. A partir de 1900 el algodón bruto extranjero fue con mucho la mayor importación del país. A causa de la escasez de carbón y de la geografía montañosa de España, las ¾ partes de la capacidad productiva de electricidad en 1930 era hidroeléctrica, que libró a Cataluña y a otras zonas manufactureras de la dependencia del escaso carbón asturiano e hizo posible la mecanización de pequeñas artesanías y el desarrollo de la industria hacia nuevas zonas. Durante la Primera Guerra Mundial (1914-18) la industria textil catalana se encontró saturada de pedidos extranjeros. Hasta 1875, el nacionalismo catalán fue políticamente radical, pero la amenaza que impuso el arancel de Figuerola de 1869 hizo a los industriales catalanes ser muy “sensibles” ante el posible auge de la autonomía regional.

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-18) la industria textil catalana se encontró saturada de pedidos extranjeros

Después de 1880 comenzaron a subvencionar periódicos y partidos políticos catalanistas, proveyendo así, a los intelectuales regionalistas de una base burguesa y del necesario apoyo financiero. Estos procesos hicieron que los castellanos sintiesen recelo de los objetivos catalanes. Los enemigos de la Primera República (1873-1874) la consideraron una creación catalana, ya que los catalanes se encontraban entre sus dirigentes más señalados. Y los castellanos comenzaron a considerar los altos aranceles como subterfugio de la explotación catalana de los bolsillos de los otros españoles. La cuestión arancelaria enfrentó los intereses agrarios con los manufactureros, dividiendo a la coalición sobre la que se asentaba el orden establecido. A pesar de los esfuerzos de Cánovas para pacificar los problemas catalanes, continuó existiendo allí la base de un serio conflicto político. La Guerra de Cuba y Filipinas sirvió para fortalecer el movimiento. descarga (1)

El mayor mercado para los tejidos catalanes era Cuba ya que los capitalistas catalanes habían invertido mucho dinero en las plantaciones de azúcar cubanas. La pérdida de las colonias provocó en Cataluña una grave crisis financiera e industrial, que vino acompañada de agitación laboral. Sus banqueros y fabricantes olvidaron los recientes favores de Cánovas y reprocharon la ineptitud y falta de visión política del gobierno de Madrid que, en su opinión, era incapaz de defender sus mercados mundiales y sus intereses como patronos frente a las clases trabajadoras. Durante la época de José Calvo Sotelo (1893-1936) como ministro de Hacienda de Primo de Rivera,  se multiplicaron las barreras arancelarias y las restricciones en los cambios de divisas, se elevó los aranceles de los productos agrícolas e industriales y, a partir de 1926, se prohibió virtualmente la importación de materias alimenticias que compitieran con la producción nacional.

Desde el tiempo de los romanos el mundo mediterráneo ha sido una civilización ciudadana. Los centros urbanos han promovido la evolución de la cultura occidental, mientras que el campo ha estado atado a las tradiciones y costumbres locales. La población rural ha vivido en casi toda España en pueblos, que generalmente van aumentando de tamaño según se acercan al sur. A lo largo de la historia los pueblos han estado dominados por los intereses locales y sus horizontes no han ido más allá de sus límites territoriales.

En el siglo XVIII, como en los pasados, el gobierno real no hizo sino recaudar impuestos y obligar a cumplir el servicio militar, sirviéndose de autoridades municipales. Sólo en contadas ocasiones aparecía un delegado real con su impotente autoridad con el fin de realizar un catastro

En el siglo XVIII, como en los pasados, el gobierno real no hizo sino recaudar impuestos y obligar a cumplir el servicio militar, sirviéndose de autoridades municipales. Sólo en contadas ocasiones aparecía un delegado real con su impotente autoridad con el fin de realizar un catastro para el marqués de la Ensenada, o un censo para el conde Floridablanca. De vez en cuando el obispo visitaba los pueblos para vigilar el cumplimiento de los deberes religiosos y el pago de los diezmos. Pero tales acontecimientos no perturbaban el curso normal de la vida. Los habitantes de la ciudad tenían otro tipo de vida. A través de la prensa, la Iglesia, el Estado, los viajes, los sectores más altos de la ciudad urbana estaban en contacto con un mundo que superaba las fronteras nacionales.

La decadencia relativa de la población de la meseta central con relación a las zonas costeras, ya evidente bajo los Austrias, había empezado realmente en el siglo XVII y continuó en el XVIII. Mientras Castilla y Andalucía eran testigos de la expansión de la agricultura a gran escala, la periferia del norte y del este experimentó el desarrollo de la industria. Afectaba al País Vasco, Cataluña y Valencia. Durante siglos, estas regiones habían tenido industrias locales basadas en sus fuentes de riquezas naturales, la manufactura del hierro y cobre en territorio vasco, los tejidos de lanas en Cataluña, y de seda y lino en Valencia. Los mercados de Europa y Latinoamérica eran fácilmente accesibles por mar. La política de los Austrias había prohibido el comercio directo entre las colonias y el norte y el este de España, pero los Borbones cambiaron esta política.

En 1755, una compañía de Barcelona recibió el privilegio real del comercio con las islas menores de las Antillas

Mientras tanto, la exportación de productos locales como mineral de hierro, nueces, frutas y vino a Europa conseguía capital para invertir en la industria; y la carne y el pescado y los cereales podían importarse fácilmente para abastecer a las poblaciones urbanas en crecimiento. Hasta el siglo XVIII, Sevilla y Cádiz eran los puertos que constituían la salida de Castilla en su monopolio del comercio con América. Pero los fabricantes castellanos no aprovechaban este privilegio. En esos puertos agentes extranjeros cargaban las exportaciones de sus propios países en las flotas de Indias y los exportadores de Europa septentrional introducían sus artículos directamente en los puertos hispanoamericanos, como contrabando. Aunque los industriales del norte y este de España se fueron introduciendo con dificultades en el mercado colonial vía Cádiz, la posición privilegiada de Castilla impedía su expansión. Felipe V rompió el monopolio estableciendo una compañía comercial en San Sebastián, en 1728, con el derecho exclusivo del comercio con Venezuela.

Carlos III

En 1755, una compañía de Barcelona recibió el privilegio real del comercio con las islas menores de las Antillas. Por último, Carlos III (1716-1788), influido por su ministro de Hacienda, Pedro Rodríguez de Campomanes y Pérez (1723-1802), puso fin a los privilegios comerciales conferidos a ciertos puertos. Entre 1765 y 1778 se autorizó el comercio entre todos los puertos principales españoles y las colonias (excepto México, que siguió perteneciendo al monopolio de Cádiz durante otra década más). Al mismo tiempo hizo más estrictas las regulaciones contra los contrabandistas. Estas medidas favorecieron a los industriales del norte y del este, cuyo comercio con las colonias ascendió notablemente en la década de 1780.

Carlos III fomentó también la industria aboliendo las leyes restrictivas. Hasta ese momento la producción industrial se había regulado a través de gremios, que tenían el monopolio local de sus productos y se resistían a toda innovación. Campomanes esperaba fomentar la producción entre un gran número de artesanos y mujeres independientes permitiendo el ejercicio libre de las artes y oficios. Una serie de edictos reales rompió el monopolio de los gremios. Su efecto no fue tanto estimular a los pequeños productores como posibilitar el crecimiento de fábricas cuyos empleados no pertenecían a los gremios. Los comerciantes emplearon también el sistema doméstico, consistente en la financiación de pequeños artesanos, a quienes suministraban los materiales y compraban sus productos. El sistema doméstico se difundió dentro del sector textil y metalúrgico. Las regiones costeras del norte y del este con tradición manufacturera se beneficiaron más con la nueva legislación del “dejar hacer”. descarga (2)

En Cataluña, una de las regiones algodoneras de mayor ritmo de crecimiento de Europa, se desarrolló junto a la industria lanera tradicional. Las “indianas” catalanas, tejidos de algodón estampados, constituyeron una notable parte de la exportación a las colonias y al interior de la península. En la década de 1780, el País Vasco con sus forjas y astilleros, y Cataluña y Valencia con sus telares, formaban parte de las regiones más prósperas de Europa. Los Borbones no favorecieron a las áreas periféricas porque ya no temían una rebelión de las tierras no castellanas y deseaban fortalecer a España para desafiar a la rivalidad colonial de Inglaterra y las otras potencias europeas. Se esforzaron también en reavivar la industria castellana y, establecieron fábricas reales en la Europa Central. La geografía se opuso a sus propósitos porque el coste del transporte a través de las montañas impedía las exportaciones. Los reyes construyeron una serie de carreteras radiales desde Madrid hacia el norte, este, sur y oeste de España; hacia Francia, los puertos principales y hasta Lisboa. A pesar de estos esfuerzos, el centro carecía de una industria importante y sin otra ciudad grande que Madrid, que floreció como sede del gobierno real.

Las “indianas” catalanas, tejidos de algodón estampados, constituyeron una notable parte de la exportación a las colonias y al interior de la península.

Antes de seguir hay que aclarar que el librecambio promulga un comercio a gran escala, en donde la economía es lo más importante. Los países supuestamente están en libertad de intercambiar y a su vez de lucrarse con lo que vendan y les paguen, pero, el problema está en que difícilmente pueden regular el mercado mediante leyes y se termina generando una explotación y una pobreza mayor en el sector obrero. El librecambismo tiende a bajar los precios (hace competir a los productos interiores con los exteriores), aunque también sufrirán más las fábricas (y los puestos de trabajo)  interiores.

El proteccionismo, en cambio, proclama reducir las medidas realizadas por el librecambismo, mediante leyes que protejan el Estado y un fortalecimiento de sectores básicos como el de la salud, educación y el del empleo; por tanto el proteccionismo busca que sea el Estado el garante de estos recursos. El proteccionismo es más suave que el librecambio, siendo las dos teorías, doctrinas liberales. El proteccionismo protege a los productos nacionales (al poner aranceles a los exteriores, estos son más caros), protegiendo así el empleo del país. Sin embargo, al eliminar la competencia real con el extranjero, las empresas nacionales no tendrán aliciente para innovar o bajar sus costes (y por ello sus precios). Esto genera productos peores y, a la larga, inflación (subida de precios).

Ningún país es totalmente proteccionista o librecambista. España, por ejemplo, es librecambista con toda la Unión Europea y proteccionista con otros países.



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