España está llena de valientes: defensores de los animales que desean la muerte de un niño enfermo porque quiere ser torero, críos que dan palizas a niñas más pequeñas en el patio, una chusma que agrede a unos guardias civiles y sus novias en una proporción de diez a uno y antifranquistas que le tiran huevos a una estatua de Franco de noche. Y todos se saben impunes.
La alcaldesa de Barcelona quiere acabar con el turismo de cruceros, que es capitalista, depredador, contaminante y agresivo.
Pero para que la burguesía catalán no llore, se ha inventado otro tipo de turismo, solidario, sostenible, comprometido para sustituirlo: el turismo antifranquista.
Por si cae algo del Estado (vivir del Estado es el gran sueño de todo español, incluso liberal o antiespañol), los españoles siempre han procurado hacerse con un certificado de represaliado del régimen derrocado o extinguido, una foto con un ministro y un libro dedicado por uno de esos señores que salen mucho en los periódicos.
Ahora, desde hace casi 40 años, que ya dura la tabarra, el pasaporte a la fama, la casa de Gran Hermano o la asesoría es una prueba de antifranquismo.
Manuel Vázquez Montalbán, el comunista que traicionó a la clase obrera al hacer aceptable y progresista el nacionalismo en el cinturón rojo de Barcelona (“nadie, absolutamente nadie en Cataluña, sea del credo que sea, puede llegar a la más leve sombra de sospecha de que Jordi Pujol sea un ladrón”), se inventó que el FC Barcelona era “el ejército desarmado de Cataluña”.
A partir de ese momento, bastaba con ser socio del Barça o incluso con tener alguna que otra entrada al Nou Camp para hinchar el pecho como antifranquista y encima catalanista.
Pero el ingenio de las nuevas generaciones, que corre parejo a su incultura, ha encontrado otra manera más rompedora de sacarse el carné de antifranquista: poner una estatua ecuestre de un Franco descabezado y permitir que los solicitantes hagan un examen práctico que consiste en tirarle huevos.
Aguardo a que dentro de poco, para imitar a la directora de comunicación del Ayuntamiento, alguien mee en las patas del caballo.
Y ya que estamos con las rebeliones y las protestas populares, ¿por qué no le tiran un huevo a Ada Colau, a Artur Mas, a Jordi Pujol, a Puigdemont, a Pisarello, a Garganté, a Narcís Serra, el de Caixa Catalunya, que a fin de cuentas han robado, suben los impuestos, firman en los boletines oficiales y, qué carajo, son ahora el establishment? Ah, amigo, porque llevan escolta o porque se pueden revolver y encararse con el osado. En cambio, Franco está muerto y bien muerto.
Si de pronto el caballo y el jinete cobrasen vida, y se paseasen por Barcelona como el soldado alemán del cuento por Sleepy Hollow, veríamos dos espectáculos: a Gabriel Rufián corriendo hacia la frontera más cercana y a masas de barceloneses gritando hasta enronquecer “¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!”.
Quince visitas a Cataluña
El escritor Javier Pérez Andujar asegura que Franco visitó 15 veces Cataluña, donde abundaban los carteles de bienvenida en catalán. Y al Caudillo, a diferencia del duque español de ‘La Kermesse heroica’ al que le gustaba el pueblo menos cuando sudaba, le encantaban los baños de multitudes y pasearse en coche descubierto.
Anda si era fácil tirarle una bomba o cualquier otro artefacto maléfico de los prodigaron los anarquistas y los sindicalistas en la Barcelona de la Belle Époque.
Sin embargo, basta ver las imágenes de las visitas de Franco para aplicarles a esos catalanes lo que decía Bob el Inglés: se quedaban extasiados como si hallasen ante “la visión de la realeza”.
¿Y qué hizo Franco por Cataluña y los catalanes? Al morir en 1975, entre las cinco provincias españolas con mayores rentas per cápita figuraba Barcelona, entonces también la más poblada, junto con Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y Madrid.
El régimen franquista decidió la instalación en Cataluña de numerosas empresas públicas, dependientes del Instituto Nacional de Industria (INI), como la SEAT en la Zona Franca de Barcelona (1953) y la refinería de Asesa en Tarragona (1965); esta industrialización implicó un empuje para cientos de empresas suministradoras y de transportes y de la construcción.
Pero el catalanismo, que es una ideología de odio y racismo, asegura que la emigración de andaluces y de otras regiones españolas a Cataluña atraídos por la nueva industria respondía a un plan franquista para diluir lo catalán.
Igualmente, Cataluña se benefició de la construcción de autopistas de peaje, que en los años 70 unieron a Barcelona, Gerona y Tarragona con Francia. Hoy, el Estado español prosigue con esta política, de manera que Cataluña es la única región española con todas sus capitales de provincia vinculadas por líneas de alta velocidad.
Punset apenas hablaba castellano
La represión de la lengua catalana se produjo en la inmediata posguerra y también como reacción a su manipulación por los separatistas de ERC.
Muchos catalanes dejaron de hablarla y de enseñarla a sus hijos, como cuenta, por ejemplo Esther Tusquets. Pero poco después se reanudó la publicación de libros en catalán.
El divulgador científico Eduard Punset, nacido en 1936, declaró en una entrevista que en los años 40 y 50 ¡apenas sabía castellano!
“Mi padre me mandó a Madrid porque yo apenas hablaba castellano. Él era muy liberal, y era muy sabio. Sabía que no podíamos prosperar sin saber bien castellano”.
Tan perseguido estaba el catalán que en 1969 el Tribunal Supremo condenó al periodista Néstor Luján a ocho meses de prisión y una multa de 10.000 pesetas por haberse publicado en el semanario Destino (fundado en Burgos en 1937 por catalanes del bando nacional) una carta al director que expresaba “conceptos de tipo ofensivo para la lengua catalana, cuyo libre uso particular y social se respeta y garantiza”.
En 1965, a los Premios Nacionales de Literatura, concedidos por el régimen, se añade una categoría de lengua catalana, con el nombre del poeta Jacinto Verdaguer.
Para el curso 1967/68, en las escuelas de enseñanza primaria del Ministerio radicadas en el municipio de Barcelona el Ayuntamiento se comprometió a ofrecer cinco horas semanales de lengua catalana gratuita y voluntaria a los alumnos. La propuesta fue aceptada por el Gobierno franquista y se empezó a aplicar en octubre.
El 1 de julio de 1975, el BOE publicó un decreto con la firma de Franco que fijaba la incorporación de la enseñanza de las “lenguas nativas” a la educación básica. Y lo hacía de manera voluntaria.
En cambio, hoy la Generalitat sólo ofrece dos horas de lengua castellana a los alumnos. Ya dijo en 2014 la entonces consejera de Educación, Irene Rigau, que el objetivo de la escuela catalana que ella controlaba era crear catalanes (traducido: jóvenes que desconocen el castellano y creen que Colón era catalán).
Malos, buenos y tontos
Pero si no hubo franquistas en Cataluña, ni en Vascongadas, ni bajo la toga de fiscal de Carlos Jiménez Villarejo, ni en el rectorado de Federico Mayor Zaragoza, ni en los servicios informativos de TVE, que dirigía Juan Luis Cebrián, ni en La Vanguardia de los Godó, ¿a qué viene semejante murga interminable con el antifranquismo?
Todo es una maniobra de legitimación política. La ‘memoria histórica’ (creeré que el PSOE ha cambiado cuando derogue esta ley) y estos espectáculos colectivos sirven a la partitocracia para dividir a los españoles en buenos, malos y tontos. El experimento está saliendo tan bien que por ahora van ganando en número los tontos.