El artículo fue escrito en 2014, en Germinans Germinabit y no tiene pérdida

 

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Los Turull, tan serviles

Los dos personajes que aparecen en las fotos que encabezan este artículo, junto a Jordi Pujol, son primos hermanos. Los dos ocupan cargos de responsabilidad; el laico, Jordi Turull, [el actual portavoz de Puigdemont] es el portavoz parlamentario de CIU y el sacerdote, Josep María, es el rector del Seminario barcelonés y eterno aspirante a obispo auxiliar de Barcelona [gracias a Dios nunca lo ha conseguido]. El clan se completa con un hermano del cura, Joan, miembro del comité local convergente en Parets del Vallès. Tres convergentes de pro, desde su más tierna juventud, cual se puede comprobar en la foto del joven Josep María, acompañando a un también joven Pujol en una peregrinación a Roma.

Cataluña es una tierra de sagas; de núcleos cerrados, compactos, inalterables. Me vino a la mente la familia Turull, mientras contemplaba el bochornoso espectáculo ofrecido en el parlamento catalán el pasado viernes, cuando un Jordi Pujol enfurecido se permitió la osadía de abroncar inmisericordemente a los diputados que se habían atrevido a afearle su corrupción, por otro lado confesada por él mismo.

Creía que en Cataluña se habían superado todos los registros, pero que un personaje se atreva a recriminar voz en grito y dando puñetazos sobre la mesa a los representantes del pueblo, da cuenta de su nula calidad democrática y del poco respeto que merece la cámara parlamentaria. ¿Alguien puede imaginarse semejante espectáculo en cualquier parlamento del mundo occidental?

Por si no hubiese bastante, el Turull diputado, que disciplinadamente acompañó y protegió a Pujol al salir del hemiciclo, se erigió en valedor de la cólera del expresidente y se dedicó a repartir mandobles a los demás parlamentarios, mientras se comportaba obsequiosamente con el compareciente, tratándole una y otra vez como President. Eso que le habían retirado los honores.

Y entonces fue cuando me acordé del Turull sacerdote, groupie de Pujol en su jovial mocedad de alumno del Seminario menor. Porque esa foto no es una simple anécdota. Un gran número de eclesiásticos catalanes veneraban a Jordi Pujol. Y éste les correspondía hablando de valores cristianos, de ética, de moral. Asistía a un sinfín de celebraciones, presentaba ponencias, le invitaban a conferencias, prologaba libros. Y entre unos y otros se confabulaban para aquello que denominan “construir país”.

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Mn. Joan Cabot, arcipreste de Ramblas-Poble Sec en la manifestación de la Diada

Este “construir país” que nos ha llevado al callejón sin salida en el que nos encontramos, no habría sido posible sin el aval de una gran parte de la Iglesia en Cataluña. Y cuando ahora nos enfilamos al despeñadero, con una fractura y división social, de la cual sólo asoma la patita, la nómina de eclesiásticos catalanes que da alas al movimiento soberanista es cada vez más numerosa. El nacionalismo catalán, al igual o en mayor medida que el vasco, bebe sus fuentes de las sacristías. Cierto es que en estos momentos sin el aval de sus obispos; pero las pláticas independentistas, las banderas esteladas en las torres de los campanarios, los curas que acuden a las manifestaciones, las declaraciones afrentosas contra España y, en definitiva, la creación de un caldo de cultivo absorbido por la gran masa, ha sido propiciado desde los presbiterios de muchas de nuestras parroquias, especialmente en el ámbito rural, donde el “qué dirán” sigue siendo norma de conducta.

Al igual que se echan a faltar políticos de altura (hoy no existen ni Torcuatos ni Tarradellas) capaces de alumbrar soluciones de la ley a la ley, también se encuentra a faltar algún eclesiástico que, no sólo se ponga de perfil, sino que sea capaz de aportar algo de sentido común y contribuya a poner freno a esta vorágine disparatada. Claro que aquellos barros traen estos lodos y que aquellos seminaristas que coreaban al lado de Pujol se han transformado en los curas que, hoy en día, acuden a las manifestaciones y tañen sus campanas llamando a la independencia. “Pobra, bruta, trista i dissortada patria”, que dijo Salvador Espriu.

Oriolt